noviembre 16, 2018

Piloto de GENTE QUE AMA SU TRABAJO.

 Muy pronto todos los capítulos. Segunda temporada 2019.

LOS NADIE: NOSTALGIA POR LAS CAVERNAS


´Nada más complicado que la simplicidad´ J. Cocteau




Siempre he celebrado aquí que haya un cine más como un estado de ánimo, como una sensación, un fresco de la vida en general.

Las películas con trama, y con estructuras predecibles, matan mucho esa visión del cine. Aunque, de todas maneras, triunfaron como triunfaron los fríos y artificiales teatros múltiplex y la lógica Netflix, el cine pensado como un producto y no como una experiencia casera de otrora: con materiales orgánicos y, especialmente, elaborada a mano.

A pesar de ser productos muy pensados y muy exitosos, los clásicos de antes te transmitían ese sentimiento: de que lo visto en la pantalla era algo orgánico y entrañable, algo muy cocinado y filmado y editado de manera artesanal.

Prevalecía la idea de consumismo, pero todavía era paradójicamente un consumismo espiritual. Debía ser por causa de los teatros de cine en el siglo pasado, que aquel enfoque ritualezco de la experiencia cinematográfica te llevaba a estados cuasi religiosos,  paroxísticos en algunos casos.

Hacías la fila para comprar las boletas en una acera, delante de los transeúntes con La Luz natural del día, y no al pie de un almacén de Adidas bajo La Luz artificial del neón. Comprabas las mismas crispetas de hoy, pero también podías comprarle al señor de la calle que pasaba ofreciendo sus bolsitas de maní. Era la misma experiencia de ir al cine, pero una experiencia más pegada a la tierra, había olor a lluvia y a sol. Había polvo, diesel de bus viejo, sudor, había caverna, fuego, smog, leña industrial crepitando, sombras del mundo exterior en la fachada del teatro (porque en aquel tiempo los teatros todavía tenían fachada. Y, ojo: tener fachada es algo mucho más sagrado y místico que simplemente tener un aviso).

Hoy el ritual del cine, como fenómeno colectivo, no huele a nada, - si es que se le puede llamar ´ritual´-. Hoy el ritual del cine se ha convertido en una experiencia demasiado individual para que pueda ser ´ritual´. Montas un teatro en casa con un plasma y una conexión a internet, porque ya la idea no es salir ´a ver gente´, como en los 80. Ya la idea es ver el cine en casa, precisamente para evitar-ver-gente.

Ya el cine consiste en ponerte unos audífonos y darle play a un teléfono inteligente y aislarte del mundo, en vez de conectarte con el mundo. Llegas a casa, cansado de trabajar y prendes el computador para conectarte a internet y no sentir que tu casa se sienta tan sola, lo cual produce el efecto contrario: es una casa doblemente sola. Ni tu excelente familia ni tu maravillosa pareja, ni tu perro, logran que ese Facebook, ese Twitter, no te hagan sentir tan solo como cuando pones una película directamente desde internet - mejor es darle stop a la película y ponerte a jugar con los gatos- .

´No me imagino a Don Luis Buñuel yendo a un pitch´, leímos hace poco  en Twitter. Y es verdad. Hoy el tema de los pitch, - esa gran aberración contemporánea de espectáculo televisivo, y farandulero, cual reality-, completa la patética foto de la realización cinematográfica para dejarnos un cine enlatado, un cine de paquete y de fábrica de salchichas porque la exigencia institucional, a los cineastas, es que siempre la tengan dizque ´clara´ con la trama de sus películas. O sea: la bendita estructura que tantos viáticos justifica en el chequecito de los contratistas de Proimágenes y Mincultura.

¿Cómo explicar en un pitch que tu película no ha de ser un relato, ni una crónica ni siquiera un cuento? ¿Cómo explicar en un pitch que tu película no pretende - Dios nos libre - albergar arcos dramáticos, ni golpes de efecto, ni héroes con aventura?

Hay que aplaudir, no obstante, que ante jurados más solidificados del primer mundo ahora se le solicite a los realizadores un teaser de su propuesta. Me quedé de boca abierta cuando en el pasado MIFF, los jurados se dedicaban a reparar en aspectos que nada tenían que ver con las estructuras de los relatos. Nunca preguntaron por la historia. Preguntaban por géneros, por atmósferas, por puntos de vista, por looks, por escuelas cinematográficas, por las influencias de quienes estábamos allí porque queríamos hacer una película.   Aquellos jurados, al margen del relato CÓMO SE CUENTA UN CUENTO, de San Antonio de los baños, se dedicaron a ver otras intenciones en las propuestas preparadas para dichos pitch. Las observaciones de aquellos jurados hablaban de diseño de producción, de tonos, sus preguntas tenían que ver más de cómo se quería ver la propuesta y, sobretodo, de cuánta plata se necesitaba para que la película se viera como el director la quería ver.

Porque, al fin de cuentas, ¿qué es el cine?

El cine son historias, es cierto. Pero el cine también han sido fotogramas, imágenes, un montón ideas primordiales ubicadas en un espacio bidimensional. Al final, lo que los grandes maestros han logrado es que un montón de fotografías conformen una idea general, cierta resonancia que pueda resumirse en una sola imagen, un millón de fotos que a la postre terminan siendo una sola foto. Como los sueños. No es sino ponerte a recordar un sueño de la noche anterior, para solamente obtener su ADN, una imagen general, si acaso, tal vez un diálogo o una palabra, que te va a sintetizar muy someramente qué fue lo que soñaste anoche, como en las películas de Fellini o de Tarkovski.

Todo esto para decir que el gran valor de Los Nadie tiene que ver con esta ilusión orgánica de lo hecho en casa. El flavor, ese color local de simples sombras negras en la pared blanca, proyectadas por un fuego y no tanto por la luces exteriores del neón.

Incomoda el final de la película y, apenas capto, esa cuasi frivolización, naturalización y reduccionismo de un problema tan serio y tan doloroso como las fronteras invisibles en los barrios de Medellín, con altas y preocupantes resonancias en el resto del edén. Esos pelaos de las esquinas son una bomba social cuyo reloj de explosión va en conteo regresivo.
Esos pelaos de las esquinas no tusan sino que matan y no están tampoco necesariamente en las esquinas: están sentados a la mesa de nuestras propias casas paisas, con nosotros mismos, esperando a que des el primer sorbo de café hirviendo, para empujártelo por toda la cara.  Si pudieran, si lo tuvieran a la mano, te desfigurarían la cara con ácido de batería. A ti, ó a tus hijos. Porque en Colombia hay mucha rabia suelta todavía.