julio 21, 2018

ANTES Y DESPUÉS DEL CINE, LAS SERIES




Cuando estaba chico, los sábados ideales para mí eran una ciudad costera de Estados Unidos y un tipo casi cincuentón, en shorts, camiseta de California y con una emisora frente al mar, atendiendo casos sociales en la recepción de la misma. 

De vez en cuando, el ex hippy éste, tomaba el micrófono, lanzaba algunas bellas canciones al aire y ponía aquella voz romántica a manera de mensaje para solucionar aquellos problemas de la gente, triviales casos cotidianos que se sucedían con la playa como fondo. 

Era una serie setentera,  que podía ocurrir en cualquier día de la semana, pero como quizás la pasaban los sábados y domingos en la mañana, yo siempre pensaba que era sábado. 

Para mi, insisto, los sábados ideales se conformaban de playa, mar y radio. De alguna manera, me llenaba de esperanza pensar que mis fines de semana podían ser así cuando llegara a la edad de aquel locutor: regentando una pequeña emisora barrial, rodeado de mujeres hermosas - o al menos interesantes -  que iban a visitarlo a menudo. 

Lo mismo sucedía con otra serie que también pasaban los domingos muy temprano en la mañana, a las 7 am o algo así, antes de El Boletín del Consumidor  y de Formadores de Hombres Nuevos. Española. Se trataba de Días de Verano. 

Las series. Lo mejor de la vida contemporánea. Nos formaron el carácter y la educación sentimental a muchos. 

Hoy mis sábados, de alguna manera son muy parecidos en espíritu y esencia al estilo de vida de aquel locutor: solitario, romántico, fortalecido por la carretera, sensible, un divorciado que lo aprendió todo sobre el amor y el trabajo comunitario no institucional, con todos los sueños intactos, (así como con la fe en el mundo y en el modelo de vida norteamericano, a pesar de todo).   

Todavía no llegaron los cincuenta, ni tampoco un mar y una playa como hogar. - Es la naturaleza en todo caso. Una montaña como puerto -. 

 Pero las series de televisión aun persisten. Ellas, incluso desde mucho antes que los teatros de cine y las películas. 

E igual, éstos últimos podrán pasar. 

Pero las series y los sábados por la mañana, nunca.  


SOLO LOS ROMÁNTICOS SE SALVAN, de JIM JARMUSCH





La ciudad de Detroit. Ya sabemos todos lo que le pasó. Todo lo desierta que está ahora. Y abandonada. Ecos de un esplendor que se mueve raudo entre las aceras repobladas por la maleza. 

Quién más para atestiguar el presente del mundo que dos vampiros sensibles y eternos, cual estudiantes universitarios, aristócratas modernos, que nunca deben preocuparse por sí mismos tanto como el devenir de los siglos atestiguados. 

Nada puede ser más definitivo que aceptar la experiencia humana como una constante pugna de luces y sombras donde la luz es privilegio y la oscuridad paisaje glorioso, metáfora de la locura insensata (SIC) que ha podido entronizarse en el corazón de los hombres. 

Al final, los góticos ganaron. Tenían razón: la civilización y el futuro del mundo no pueden mirarse sino a través del crisol negro de los días y la preeminencia total de las noches.

 Qué depurado se ha vuelto, igual, Jarmusch. Su cine da, en SOLO LOS AMANTES SE SALVAN, un salto cualitativo de poética glam y revisionismos históricos sutilmente sofisticados - quizás a la altura de CAFÉ Y CIGARRILLOS, acaso, la mejor de sus películas, en mi gusto personal- .

Insiste Fernanda Solórzano en que el horror y el satanismo son usados, en el cine, como metáfora de la locura bestial en nuestras instituciones familiares. 


Me pregunto, entonces, qué podría simbolizar el uso desmesurado del romanticismo en obras como las del gran Jim Jarmusch, quien lleva el lirismo épico de la sensibilidad emo hasta sus últimas consecuencias en SOLO LOS AMANTES SE SALVAN. Cuando todos creíamos que el verdadero padre del cine independiente no podía llegar más lejos, lo vemos perderse en el infinito de su genialidad hasta que no es más que un punto en el espacio sideral.

Muy interesante este relato en estas épocas de infantilización de la sociedad donde los humanos parecen ir por la vida, a su aire y totalmente aterrorizados, viendo los fogonazos de los relámpagos afuera de nuestras cavernas post industriales. En esta época donde lo único que puede salvar a muchos (as) es el acompañamiento de un bulto al lado, un pedazo de carne que no sea la propia, que respire y haga comentarios, cualquier tipo de bulla, y que nos sirva para apaciguar un poco los ruidos exteriores de ese mundo al revés y los ruidos interiores de nuestras ennegrecidas conciencias; un bulto que vaya con nosotros por las calles, con el puntillo justo de vampirimso, y que haga las veces de una mami y un papi sobreprotectores y que, quizás, nos exima de la responsabilidad de cuidar a los demás y, especialmente, cuidarnos a nosotros mismos. 

¿¿¿????  .