septiembre 14, 2018

A LA BÚSQUEDA DE ALGÚN CÓDIGO EN ´SICARIO´



- REDACCIÓN NEBLINA - Mucho se ha hablado, se ha leído y se ha escrito sobre el cine negro. Y de tanta ceniza en el papel, nunca he visto que se hable sobre el papel de el deseo como eje fundamental del mismo (bueno, de pronto algunas críticas sobre Almodóvar por ahí, de Polanski, quizás. Dos o tres de la Nueva Ola Francesa, Vértigo de Hitchcock con el deseo manifestado en las ganas de culiarse a la mamá y no poder haberlo hecho nunca. Ok: lo reconozco, el cine - que podría considerarse negro - está lleno de deseo como base en la cocción de mucha crítica cinematográfica), un deseo que rápidamente se transforma en horror. ¿No es éste el resumen de la historia del amor mismo? 

En la película Sicario se plantea, como trama secundaria, una relación muy contenida entre una policía norteamericana, blanquita de clase media, a la que el mal todavía afecta en su capacidad de asombro, en su empatía por la vida humana, y un latinoamericano proveniente de transar con el mal en Medellín, Colombia (donde obviamente de eso llamado ´empatía´, en general, queda muy poco, como buena megalópolis que nos estamos volviendo), (Desde Scarface para acá, la mafia colombiana, según los gringos, es la mafia más desleal de todas las mafias habidas y por haber, la más corrupta.  Como si ser mafioso ya no fuera suficientemente malo, como si algo llamado lealtad pudiera existir en ese mundo, como si existiera algo así como una ética de la mafia. 

Puede ser que no sea gratuito que al interior de Estados Unidos pervivan, convivan y funcionen mafias de China, Italia, Japón, Grecia, República Dominicana, Korea, Japón, perfectamente organizadas y ninguna tan perseguida y casi extinta como la colombiana). 

La cosa es conflictiva en Sicario porque, ella la gringuita impoluta, desde el principio se siente contrariada, ética y moralmente, por esta clase de personas en el mundo: los mafiosos que han pasado por Medellín o que vienen de Medellín. Entonces ella lo rechaza de plano, al sicario. 

Sin embargo una especie de tensión sexual les empieza a ganar a ambos en cada mirada, en cada encuentro, sin llegar a desarrollarse nada concreto en el plano de las acciones, nada sexual, digamos. La cosa es puro deseo y punto. Y odio, vaya. Esta gringa me recuerda mucho a las niñas blancas de la ciudad de Pablo Escobar, que cada fin de semana se van al Tíbiri, un bar tradicional de Salsa, para que las saquen a bailar los balijas de las comunas que van allá, entre otras razones porque estos manes, entre más pillos, más tesos para azotar baldosa.


¿Y qué caldo de cultivo más ideal para el deseo que el baile?

¿No será éste ritual del deseo el ADN de todo el cine negro en su historia, desde El Halcón Maltés, Casablanca y demás? ¿No estará resumido el código del género en la escena del baño en Sicario?

De seguro, estas aseveraciones sacadas del contexto global, cobran cierta resonancia muy diferente al que pretende plantear la película. 

O quizás no.