abril 03, 2019

TÚ NO TIENES POR QUÉ QUERER A TU MAMÁ, y los documentales

Es extraño que me caiga este documental precisamente ahora cuando me conflictuo tanto con el género. 

¿Qué es un documental? ¿Dónde empieza y dónde termina? ¿Cuál es el punto de vista indicado para ello?

También es muy extraño porque es un documental realizado por una persona con la que hablé un par de veces sobre los temas expuestos en Corazón de Perro. 

Se trata de Laurie Anderson, una artista que iba a desayunar cada mañana con su esposo Lou Reed al 551 de Hudson Street, en Nueva York, donde yo trabajaba haciendo los capuccinos. 

Recuerdo que una de aquellas mañanas, la pareja había llegado con cierto afán a pedir sus huevos con espinacas y queso de todos los días. Era una mañana especial para Lou: iría a los estudios de MTV a grabar una especie de desconectado con el grupo Metallica. Por alguna razón, el cocinero del Pannino Giusto no estaba. Se había ido a consignar los ingresos del día anterior, como lo hacíamos cada mañana, al City Bank más cercano. A veces iba él, otra veces iba el administrador y otras veces iba el que hacía los cafés, o sea: yo. 

El rush de las 8 am ya había pasado y me había quedado a cargo. Unos domicilios aquí y allá, también habían hecho que mis refuerzos se hubieran dado el lujo de dejarme solo, más de la cuenta. 

Lou parecía contrariado, ansioso. Yo no había podido ir a la mesa a tomarle el pedido. 

Entonces su esposa vino hasta el mostrador donde yo terminaba de hacer un pedido de cafés y muy amablemente ordenó. Me contó lo del afán de Lou y yo le dije que el cocinero no estaba, pero que si quería tomar el riesgo, yo le cocinaría sus huevos. Y lo hice. Al despacharse su desayuno, Lou Reed vino a agradecerme personalmente por haber sido tan generoso con el queso de cabra. Me dio una propina de 10 dólares, se fue en una limusina que vino a recogerlo afuera de aquel cuchitril de 2 x 2 y al otro día solicitó que fuera yo quien le preparara un baggle cream cheese and tomatoes. 

A partir del gesto, yo me aproveché para empezar a entrevistar a Laurie y a Lou disimuladamente y a cuenta gotas, todos los días una pregunta distinta. Me había ganado una confianza. Laurie siempre estaba muy pendiente del arte de los demás, había aprendido ese gesto newyorkino de preguntar por lo que tú estabas escribiendo o pintando o editando en el momento. ¨Hey, Willie, cómo va tu novela¨. 

Me acuerdo de la mañana en que me lo preguntó. Una especie de primavera. Afuera del Panino había una banquita y cierto grupo de comensales se sentaba allí a tomar el sol y a conversar chismes de barrio después de desayunar, mientras las modelos de las agencias del sector iban a tomarse su chi latte, tarde. Yo terminé mi turno y me senté en la banquita al lado de Laurie a contarle sobre mi novela de turno y ella me contó que quería adoptar un perro y de unas imágenes que tenía de insólitos militares por las calles de Nueva York y que no sabía qué hacer con ellas.

Muchos años después, frente al pelotón de videos en internet, veo este documental donde Laurie habla de ese perro que iba a adoptar. También donde menciona la paranoia post atack de aquella ciudad. También me llamó la atención que todos sus caminos condujeran a la figura de la madre, pues algo habíamos hablado del tema. Pero lo que más le agradezco y le aplaudo, es que hubiera contextualizado el documental con imágenes de ese barrio del Hudson River que tanto recorrí. Ese es como el verdadero guiño que recibe uno de los documentales o de ciertas ficciones: que te ubiquen en un territorio, un sitio, te muestren el lugar desde donde se cuenta la historia, los lugares comunes que sirvan para los encuentros simbólicos de quienes habitaron allí. 

El documental también cae como pedrada en ojo, porque una vez te acercas a los 50, te das cuenta de que hay un montón de amigos y, sobre todo amigas, de esta edad, que están llegando a la misma conclusión que llega Anderson en Corazón de Perro: aquella certeza indiscutible de que uno no tiene por qué querer a la mamá, que la mamá de uno puede ser simplemente un accidente en la vida de las personas. 

En aquella época, Laurie pisaba escasamente los 50s, tal vez todavía sus 40s. Yo estaba en mis 30s, no podría entender todavía un estamento como aquel. 

Hoy lo entiendo, el de la mamá y, mucho más, un estamento que me iría a rayar el coco tanto como se lo rayó a Laurie en su documental: la muerte de una mascota es el quiebre definitivo en la vida de cualquier persona. 

CORTE. 

En el III Salón Documental que acaba de terminar en Medellín, hubo una definición de documental que me voló la cabeza y que según un representante de la ANTV, había sido proferida por Gabriel Vieira:

 ´´Un documental es esa obra donde el documentalista transforma completamente su vida. Por su nivel de conocimiento (¿investigación?) la vida del realizador se pone patas arriba y nunca vuelve a ser el mismo después de emprender la aventura. No vayan nunca a llegar a los límites de hipotecar la casa de su madre para poder terminar la película, pero hacer un documental sí debe ser algo tan catastrófico como eso. Cuando lees el guión de un documental o ves el teaser, de una te enteras por ese nivel de inmersión al que ha llegado su autor, perdiendo casi que su vida, su dignidad y su zona de confort´´. 

Wow.

Wow.

Guau.

Así que de eso se trata un documental. 

Hay que ver Corazón de Perro, de Laurie Anderson para comprobarlo. 









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