enero 13, 2019

ROMA y ALFONSINO Y EL MAR

- REDACCIÓN NEBLINA - Para reseñar Roma hay que postear una película como El Silencio de Bergman. También se podrían postear muchas más. Pero esa peli que habla sobre el desparche de un niño, funcionaría para los efectos prácticos como el referente más inmediato.



Y es que Roma es cine del desparche. Ese tipo de cine que hemos defendido tanto en este blog.   La sensibilidad de Cuarón esta vez lo ha llevado por los caminos de la rutina, de tratar de representar, más que la vida, el tiempo: ese paso inconmensurable de los minutos y las horas tal como se suceden ante nuestros ojos y demás sentidos, - en lo real y no tanto en lo artificioso del cine -.


No creo que Cuarón lo haya logrado. Al final la película termina siendo un cúmulo de artificios cinematográficos. Pero su intención de cineasta con pretensiones hiperrealistas subyace en el fondo y sale bien librada hasta en el magistral y más minimalista de los planos, en los créditos finales de aquella terraza en toma contrapicada. Una antena y un avión rayando el cielo, con cero musiquita incidental, así lo corroboran.


En El Silencio, Bergman deja bien en claro su punto de partida: lo fructíferas que resultan las horas muertas en la cabeza de un niño (hoy en día ya los niños no tienen horas muertas, pues viven más ocupados que los adultos).


Nosotros, en el siglo pasado, sí las teníamos. La vida era lenta, muy lenta. Monótona, aburrida. Un día en un casa de clase media occidental, eran como cien años de soledad. Había tiempo hasta pa botar pa arriba. Incluso, hoy, las horas, de quienes-lo-tenemos-todo-por-no-querer-más-nada, están llenas de rutina: Levantarse, desayunar, bañarse, ver la tele, acostarse (¿para qué pedirle más al cine? ¿Para qué pedirle cosas extraordinarias? La verdadera aventura de nuestras vidas es el tedio. Punto. El tedio de un niño tipo El Silencio de Bergman, lleno de riesgos y matices).


En Roma, Alfonsino Cuarón nos muestra lo productivas que pueden llegar a ser esos mismos momentos de la ¨cotidianidad aburrida¨, a través de leitmotives como el de Borrás, el perro de la casa, un corredor doméstico que vive cagado por el perro mismo y mojado por los efectos de la lluvia , paneos de la vida doméstica, primeros planos de un lavaplatos, y/ó el del mismo avión que cruza parsimonioso por el fondo de los encuadres.


En lo personal, no creo que todas esas voces que atacan a Roma desde los medios de comunicación la ataquen por su lentitud, por lo que dicen que la atacan. La incomodidad de esas voces vienen, más bien, por el tema que por la forma.


Roma pisa sutilmente un montón de callos y no cualquier tipo callos. Roma pisa los callos más enconados y protuberantes del continente milagro, este continente latinoamericano que tanto se empeña en reproducirse teniendo hijos.


Roma habla de una Latinoamérica vapuleada por un sistema de castas, de blanquitos. A Roma no le perdonan que el punto de vista del México de los 70, sea el punto de vista de la muchacha del servicio, de la guisa, como decimos despectivamente en Antioquia, Colombia.


Mientras gringos departen en la sala de la casa junto a los dueños de la misma, a sus espaldas la cámara se queda junto a Cloe y los niños e, incluso, esa misma cámara se va al sótano de la casa, a la parranda de la servidumbre, la que celebra siempre abajo: ¨¿Qué pasa, Cloe? ¿Es que ya aprendiste a hablar inglés, que no quieres tomar nada con nosotros?¨, le dice una amiga a nuestra protagonista.


Sin embargo, la gente insiste en creer que Roma no gusta por lenta y mamerta. Una amiga con la que vi la película, que incluso de entrada ya detestaba la figura de las muchachas del servicio - y sin ningún tipo de formación cinéfila - me dijo que no le había parecido para nada lenta y que le había encantado, a ¨pesar de ser en blanco y negro¨.


Por eso, me reafirmo en que toda la incomodidad generada por Roma viene de allá: de la auto crítica de Cuarón diciendo, yo soy uno de esos blanquitos latinoamericanos, con desviaciones pequeño burguesas y mi cuota de culpa es ésta; soy otro de esos hijos de puta que crecieron con nana en la casa y nunca la supimos mirar bien.


 Y se le agradece de nuevo a estos directores que se ponen como carne de cañón. El nivel de auto crítica de Alfonsino Cuarón es inconmensurable. Cuarón dignifica a un ser humano, mientras otros cines criollos ya la estuvieran volviendo porno miseria (¿cuándo iremos a ver a un Víctor Gaviria o a un Carlos César Arbelaez exponiendo lo que pasaba en la sala de sus casas cuando estaban adolescentes, como sí lo han hecho un Javier Mejía, una Daniela Abad, una Laura Mora, un Joche, un Santiago Gómez para no ir muy lejos? Un poco más de cine auto referencial, señores, por favor).


Muéstrense, métanse a la conversación, tal como lo hace Cuarón en Roma. 


Habla muy mal de las críticas que he leído sobre Roma, el hecho de que digan que la película está repleta de travellings. Yo en realidad no vi tantos, como sí vi paneos y rompimientos de eje. La proporción debe ser de 1 travelling por cada 7 u 8 paneos, tal vez más.


Lo que sí resulta de pronto desconcertante, es el abuso del plano general. Cuarón se la juega en la mejor lógica de Costa Gavras, el rey del plano general, quien decía que si una escena se podía resolver en un sólo plano, ¿para qué descomponerla en otros planos subsidiarios?.


Y Cuarón se casa con esa idea y tal vez allí de pronto la crítica tenga un poco de razón. La ausencia de primeros planos puede aburrir para quien no tenga el aliento cinéfilo del cine alternativo. Para quién ya haya sido adoctrinado por la cultura de la publicidad.


Pero Roma funciona a base de planos generales. No hay tiempo para cercanías. Aquí había que mostrar el trasfondo, lo que sucedía en el entorno.


Roma es una película más de atmósferas que de tramas y eso, a veces, puede confundir. En un mundo con la sensibilidad dañada por la inmediatez y la celeridad, cualquier historia de calma y contemplación siempre resultará sospechosa.


Repito, el cine no tiene que mostrar eventos extraordinarios para ser cine, porque la vida de la mayoría de las personas es rutinaria y aburrida y ahí ya hay una gran aventura, la aventura de la monotonía, la aventura de la supervivencia psicológica, si se quiere.


Recuerdo que en los 90, una vez le pregunté a Raúl Soto por el corte final de La Vendedora de Rosas, si lo había visto.


Raúl, quien había hecho el Dolly de la obra en mención, me respondió diciéndome que le habían echado mucha tijera, que se le notaba mucho el embale. Me imagino que Soto hoy debe estar contento que películas como Roma, ya estén despuntando como nominadas al Oscar.


En este blog, casi nunca hemos reseñado películas nominadas al Oscar por su nivel de predecibilidad en cuanto a resortes narrativos.


Sin embargo, las películas de Cuarón nunca han faltado por estos píxeles, Y tu mamá también, Gravity, Hijos de los Hombres.


Siempre nos hemos preguntado hasta dónde irá a llegar Alfonso Cuarón en su persecución enfebrecida por el naturalidad en el arte. Sólo el tiempo lo dirá.


Por lo pronto, Roma ya puso un pico muy alto en los niveles de verosimilitud. Nos llevamos en el corazón esas escenas de Roma que logran emocionar y enchocolatarnos los ojos, sin la ayuda de un piano mariconcito en la banda sonora.


Nada. Roma emociona y emociona a punta de sonido ambiente. El naturalismo expresado a través del silencio. Sin músicas incidentales al mejor estilo de Dogma 95.


De hecho, las escenas con banda sonora de Roma se plantean para desarrollar euforia, pero no para provocar la lágrima, lo cual hubiera sido un recurso muy facilista al final. La poesía no se hace acá con lirismo. La poesía cobra valor documentando lo evidente, lo obvio. La simpleza de lo habitual. Cine del desparche, vamos. La ficción de la no ficción.


Para terminar, dejamos constancia de las obsesiones de Alfonsino Cuarón con el mar. Ese es su otro gran leitmotiv global. En Y TU MAMÁ TAMBIÉN las cosas terminan en el mar (¡y qué mar! Mar de cámara al hombro). Igual en GRAVITY y ROMA.


Ni se diga: le pegaste al perrito... perro, pinche Cuarón.


 Cuando vuelvas a levantar esa estatuilla, brindaremos con tequila, güey. RN




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