noviembre 16, 2018

Diario de un turista - Cualquier noche de noviembre



              ¨Donde no puedas amar, 
                No te demores¨ 
          FRIDA KAHLO



Un libro entre mis manos. Otra noche de invierno en Santa Elena. Lupe y yo bajo las cobijas. Una vieja toda enamorada jodiendo en el chat. Otra en la línea telefónica. Y yo que hoy ando con la misoginia más alborotada que nunca. Ayer había tenido que bloquear a otra más, que está buena y todo, pero medio mamona, intensa. 

Lástima, ahí se me dilapidó ese polvito.  

¿Qué le pasa a las viejas, a los maricas encubiertos y a los no encubiertos, a los declarados, a la gente en general?, todo el mundo se enloqueció y nadie puede ver a un bobo tranquilo, porque de una quieren venir a beber de esta tranquilidad. Bastante que cuesta en estos tiempos. Harto. Pero algo de sosiego he logrado traer de vuelta a mi vida y lleva más tiempo conmigo de lo esperado. 

¿Quién tiene algo de tranquilidad hoy en día? 

Creo que muy pocos. 

Pero la tranquilidad cuando te llega cual regalo divino, debe ser como la nueva mafia colombiana: debe ser discreta, no dar boleta para no llamar la atención. Que la riqueza no se note. No vaya la policía-de-lo-intranquilo a caerte a la casa y allanarla.

Y sin embargo, así, algo se trasluce. La gente es como los perros con el miedo, y como los alumnos con el profesor novato. La gente huele tu tranquilidad, la detectan y harán lo imposible por arruinártela. Por eso celebro esta edad. Porque sí has tenido buena carretera y buen kilometraje, y buen rock and Roll, habrás aprendido a ser selectivo. A hacerte cerca de la gente adecuada o por lo menos a la que más encaje contigo, a escoger perfectamente a tus amigos, a la gente con la que te vas a tomar una cerveza, aunque siempre vas a correr con el riesgo de que pase alguien indeseable cerca de tu mesa, tal vez determinados especímenes de tu pasado remoto u otros similares de tu pasado cercano y que tal vez se crean con el derecho de arrimar una silla y sentarse. 

En Medellín me encuentro todo el tiempo con ese tipo de gente y nunca entiendo por qué no, simplemente, saludan y siguen de largo. Por qué no han podido superarte como vos los has superado a ellos. Por qué se detienen a conversar y, sobre todo, por qué se detienen a opinar. Yo nunca hago eso. Yo sólo saludo y, si insisten en detenerse a intercambiar palabras, hago tal vez un par de preguntas cordiales, pero nunca opino. Luego trato de seguir de largo. 

¿Qué puede haber para opinar entre gente casi desconocida?  

De la pocas cosas que he aprendido es que vos NO extrañás a la gente ni a los lugares. Uno extraña es a ciertas épocas, a un tiempo que ya se fue (Marcel Proust dixit), y que aquel viejo amigo o conocido que te encuentras por la calle, ya es otra persona distinta a la que conociste, tal vez un extraño al que hay que respetarle su recorrido como quien respeta al prójimo en la misa. 

Pero la gente se empeña en retrotraer al personaje que fuiste. ¿Es un precio acaso por cierto tipo de familla de mundillo local? 

Te necesitan desesperadamente a como eras.   

Y, como todavía no te pueden amar (porque no han aprendido a amar), entonces te joden.

De repente caigo en que no debería escribir tan largo en este diario. Sólo capsulitas, así como para no perder el hábito.  Plasmar como fotografías, instantáneas, fotogramas de vida, frescos de la cotidianidad mientras avanzo con la película. Extraño esos días en que escribía corto y conciso, sin tanta histeria. Y también que debería volver a escribir siempre en presente, mi tiempo narrativo favorito. El presente - como dice Deleuze - que sucede en el cine: donde todo pasa en presente. 

Y entonces de repente, me acuerdo que me encontré hace poco a Oscar Mario Estrada que es una persona deliciosamente taciturna y distante cuando no se está quitando la ropa borracho, en medio de un parque, o durmiendo la rasca en horarios laborales encima de la mesa de una tienda cualquiera y, también, me acuerdo de la putería que le dio cuando le comenté que tengo una lista de varios directores invitados para la película y más putería le dio todavía cuando le dije que uno de ellos era Javier Mejía y que ya había ciertas incipientes aproximaciones al respecto, ante lo cual me dice, trinando: ¨No deberías hacer eso porque todo buen director debe tener la película completa en la cabeza¨. 

Una lástima. Pobre Oscar. Un buen tipo en el fondo. 

Pero esa tarde era otra tarde en que también estaba borracho. Otro genio en Medellín que se arrancó una oreja sin la más mínima, ni remota posibilidad, de convertirse en Vincent Van Gogh. 

No quise contarle, tampoco, que lo había metido tentativamente en los créditos de directores invitados del primer corte de la película. 

Obviamente en su estado, si lo meto o no lo meto, siempre le va a importar un comino. 

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