noviembre 24, 2018

NO ESTÁS LOCO, SI OYES VOCES EN TU CABEZA

REDACCIÓN NEBLINA - Dice Deleuze que el carácter omnipresente de la voz en off sugiere que ella sea la misma voz de Dios.  Aquí un homenaje a ese recurso de la forma más deliciosamente posible. Solo que es una voz-off esquizofrénica, la voz enfrentada que le habla al loco y no habla por el loco. Una voz de la conciencia más que una voz documental. La voz de Gazú regañando a Pedro Picapiedra. Nunca el delirio se había burlado tanto de sí mismo. Viajar en el tiempo como metáfora. La paranoia colectiva como gesto poético. 

Y para aquellos últimos románticos, que hemos sufrido algún tipo de romántico matoneo por haber celebrado en su momento la super romántica ´Nuestros Amantes´ y que de alguna manera pedíamos a gritos una segunda parte, para aquellos, pues, se nos has cumplido el milagrito y por partida triple, porque la misma Michelle Genner ha vuelto en su faceta más profesional, más idiomática que nunca, por la misma línea de la cinta referida, en el arte de hacer reír a los demás y no en otra pieza monolítica de 90 comerciales minutos sino en una serie más comercial todavía de varios capítulos. 

Fuera de ello, los diálogos son estupendos y el tono inmejorablemente calibrado.  ´En Tu Cabeza´ es poesía de la carcajada pura. Nunca paras de reírte. Te destornillas a destajo. Y sin embargo qué sofisticada es. No es el efectismo ramplón de Alex de la Iglesia. Es el comentario blanco de la auto burla lo que gatilla la risa. El plot es, tal vez, el más ingenioso de serie de ciencia ficción alguna desde que alguien anunció por la noticias de que se había comprobado científicamente de que todos nosotros no somos más que un video juego de simulación virtual y desde que la moral Blackmirror había cancelado el discurso ambiental como tema de primer orden en la agenda.

Hoy vuelve el llamado ecológico. Se posiciona como tema de responsabilidad cinematográfica de primer orden. ¿Quién hace denuncia del mundo actual pasando del humor al romance como deshojando margaritas? El cine ya no. 
Las series lo hacen. Y las series auspiciadas por la empresa privada más. Las series, como el reguetón, ganaron. Y las de amor nunca llegaron porque siempre han estado. Sobrevivirán al alegato político, sobrevivirán al realismo social. Déjenle el cine panfletario a los mexicas y a los argentinos y a los franceses y a los italianos, que lo están haciendo muy bien y cada tanto vuelven a infiltrar Hollywood con su corrección política. Nosotros los cursis nos quedamos en YouTube, en Netflix, viendo historias bobaliconas que se burlan de lo ridículo que es el amor.   

¿No es una serie? Bueno, al menos fue concebida como tal o derivó como tal.

noviembre 19, 2018

Martin Hannet por Joy Division

Más que una película sobre Joy Division o sobre Manchester, como dice su introducción misma, este documental es un homenaje a Martin Hannet, el productor que agarró sus almas y las llevó a otro nivel.

Aunque es mencionado sólo un par de veces durante todo el film, Hannett es la representación de lo que fue un sonido, cierto tipo de grito, cierto tipo de voz que decía: ¨somos la revolución industrial, somos la revolución digital, somos pasado y futuro¨. 

Nada.

Esa medio guevonadita.

Nada de maricaditas renacentistas ni fundaciones protestantes. Hablamos de cosas concretas, reales: revolución industrial y revolución digital. Punto. Las dos cosas que mejor simbolizó este personaje del que no se ha empezado a hablar, alguien que más que producir bandas de punk, las espiaba y vendía la información a las empresas fabricantes de juguetes para músicos locos. 

La sola mención de Martin dentro de la trama, es el gran punto de quiebre, el punto de giro que lo cambiaría todo en la historia para ´´una banda que no sabía nada´´, como él mismo los definió, ´´Podía hacer con ellos lo que quería, cualquier cosa´´. 



























noviembre 16, 2018

Piloto de GENTE QUE AMA SU TRABAJO.

 Muy pronto todos los capítulos. Segunda temporada 2019.

LOS NADIE: NOSTALGIA POR LAS CAVERNAS


´Nada más complicado que la simplicidad´ J. Cocteau




Siempre he celebrado aquí que haya un cine más como un estado de ánimo, como una sensación, un fresco de la vida en general.

Las películas con trama, y con estructuras predecibles, matan mucho esa visión del cine. Aunque, de todas maneras, triunfaron como triunfaron los fríos y artificiales teatros múltiplex y la lógica Netflix, el cine pensado como un producto y no como una experiencia casera de otrora: con materiales orgánicos y, especialmente, elaborada a mano.

A pesar de ser productos muy pensados y muy exitosos, los clásicos de antes te transmitían ese sentimiento: de que lo visto en la pantalla era algo orgánico y entrañable, algo muy cocinado y filmado y editado de manera artesanal.

Prevalecía la idea de consumismo, pero todavía era paradójicamente un consumismo espiritual. Debía ser por causa de los teatros de cine en el siglo pasado, que aquel enfoque ritualezco de la experiencia cinematográfica te llevaba a estados cuasi religiosos,  paroxísticos en algunos casos.

Hacías la fila para comprar las boletas en una acera, delante de los transeúntes con La Luz natural del día, y no al pie de un almacén de Adidas bajo La Luz artificial del neón. Comprabas las mismas crispetas de hoy, pero también podías comprarle al señor de la calle que pasaba ofreciendo sus bolsitas de maní. Era la misma experiencia de ir al cine, pero una experiencia más pegada a la tierra, había olor a lluvia y a sol. Había polvo, diesel de bus viejo, sudor, había caverna, fuego, smog, leña industrial crepitando, sombras del mundo exterior en la fachada del teatro (porque en aquel tiempo los teatros todavía tenían fachada. Y, ojo: tener fachada es algo mucho más sagrado y místico que simplemente tener un aviso).

Hoy el ritual del cine, como fenómeno colectivo, no huele a nada, - si es que se le puede llamar ´ritual´-. Hoy el ritual del cine se ha convertido en una experiencia demasiado individual para que pueda ser ´ritual´. Montas un teatro en casa con un plasma y una conexión a internet, porque ya la idea no es salir ´a ver gente´, como en los 80. Ya la idea es ver el cine en casa, precisamente para evitar-ver-gente.

Ya el cine consiste en ponerte unos audífonos y darle play a un teléfono inteligente y aislarte del mundo, en vez de conectarte con el mundo. Llegas a casa, cansado de trabajar y prendes el computador para conectarte a internet y no sentir que tu casa se sienta tan sola, lo cual produce el efecto contrario: es una casa doblemente sola. Ni tu excelente familia ni tu maravillosa pareja, ni tu perro, logran que ese Facebook, ese Twitter, no te hagan sentir tan solo como cuando pones una película directamente desde internet - mejor es darle stop a la película y ponerte a jugar con los gatos- .

´No me imagino a Don Luis Buñuel yendo a un pitch´, leímos hace poco  en Twitter. Y es verdad. Hoy el tema de los pitch, - esa gran aberración contemporánea de espectáculo televisivo, y farandulero, cual reality-, completa la patética foto de la realización cinematográfica para dejarnos un cine enlatado, un cine de paquete y de fábrica de salchichas porque la exigencia institucional, a los cineastas, es que siempre la tengan dizque ´clara´ con la trama de sus películas. O sea: la bendita estructura que tantos viáticos justifica en el chequecito de los contratistas de Proimágenes y Mincultura.

¿Cómo explicar en un pitch que tu película no ha de ser un relato, ni una crónica ni siquiera un cuento? ¿Cómo explicar en un pitch que tu película no pretende - Dios nos libre - albergar arcos dramáticos, ni golpes de efecto, ni héroes con aventura?

Hay que aplaudir, no obstante, que ante jurados más solidificados del primer mundo ahora se le solicite a los realizadores un teaser de su propuesta. Me quedé de boca abierta cuando en el pasado MIFF, los jurados se dedicaban a reparar en aspectos que nada tenían que ver con las estructuras de los relatos. Nunca preguntaron por la historia. Preguntaban por géneros, por atmósferas, por puntos de vista, por looks, por escuelas cinematográficas, por las influencias de quienes estábamos allí porque queríamos hacer una película.   Aquellos jurados, al margen del relato CÓMO SE CUENTA UN CUENTO, de San Antonio de los baños, se dedicaron a ver otras intenciones en las propuestas preparadas para dichos pitch. Las observaciones de aquellos jurados hablaban de diseño de producción, de tonos, sus preguntas tenían que ver más de cómo se quería ver la propuesta y, sobretodo, de cuánta plata se necesitaba para que la película se viera como el director la quería ver.

Porque, al fin de cuentas, ¿qué es el cine?

El cine son historias, es cierto. Pero el cine también han sido fotogramas, imágenes, un montón ideas primordiales ubicadas en un espacio bidimensional. Al final, lo que los grandes maestros han logrado es que un montón de fotografías conformen una idea general, cierta resonancia que pueda resumirse en una sola imagen, un millón de fotos que a la postre terminan siendo una sola foto. Como los sueños. No es sino ponerte a recordar un sueño de la noche anterior, para solamente obtener su ADN, una imagen general, si acaso, tal vez un diálogo o una palabra, que te va a sintetizar muy someramente qué fue lo que soñaste anoche, como en las películas de Fellini o de Tarkovski.

Todo esto para decir que el gran valor de Los Nadie tiene que ver con esta ilusión orgánica de lo hecho en casa. El flavor, ese color local de simples sombras negras en la pared blanca, proyectadas por un fuego y no tanto por la luces exteriores del neón.

Incomoda el final de la película y, apenas capto, esa cuasi frivolización, naturalización y reduccionismo de un problema tan serio y tan doloroso como las fronteras invisibles en los barrios de Medellín, con altas y preocupantes resonancias en el resto del edén. Esos pelaos de las esquinas son una bomba social cuyo reloj de explosión va en conteo regresivo.
Esos pelaos de las esquinas no tusan sino que matan y no están tampoco necesariamente en las esquinas: están sentados a la mesa de nuestras propias casas paisas, con nosotros mismos, esperando a que des el primer sorbo de café hirviendo, para empujártelo por toda la cara.  Si pudieran, si lo tuvieran a la mano, te desfigurarían la cara con ácido de batería. A ti, ó a tus hijos. Porque en Colombia hay mucha rabia suelta todavía. 

Diario de un turista - Cualquier noche de noviembre



              ¨Donde no puedas amar, 
                No te demores¨ 
          FRIDA KAHLO



Un libro entre mis manos. Otra noche de invierno en Santa Elena. Lupe y yo bajo las cobijas. Una vieja toda enamorada jodiendo en el chat. Otra en la línea telefónica. Y yo que hoy ando con la misoginia más alborotada que nunca. Ayer había tenido que bloquear a otra más, que está buena y todo, pero medio mamona, intensa. 

Lástima, ahí se me dilapidó ese polvito.  

¿Qué le pasa a las viejas, a los maricas encubiertos y a los no encubiertos, a los declarados, a la gente en general?, todo el mundo se enloqueció y nadie puede ver a un bobo tranquilo, porque de una quieren venir a beber de esta tranquilidad. Bastante que cuesta en estos tiempos. Harto. Pero algo de sosiego he logrado traer de vuelta a mi vida y lleva más tiempo conmigo de lo esperado. 

¿Quién tiene algo de tranquilidad hoy en día? 

Creo que muy pocos. 

Pero la tranquilidad cuando te llega cual regalo divino, debe ser como la nueva mafia colombiana: debe ser discreta, no dar boleta para no llamar la atención. Que la riqueza no se note. No vaya la policía-de-lo-intranquilo a caerte a la casa y allanarla.

Y sin embargo, así, algo se trasluce. La gente es como los perros con el miedo, y como los alumnos con el profesor novato. La gente huele tu tranquilidad, la detectan y harán lo imposible por arruinártela. Por eso celebro esta edad. Porque sí has tenido buena carretera y buen kilometraje, y buen rock and Roll, habrás aprendido a ser selectivo. A hacerte cerca de la gente adecuada o por lo menos a la que más encaje contigo, a escoger perfectamente a tus amigos, a la gente con la que te vas a tomar una cerveza, aunque siempre vas a correr con el riesgo de que pase alguien indeseable cerca de tu mesa, tal vez determinados especímenes de tu pasado remoto u otros similares de tu pasado cercano y que tal vez se crean con el derecho de arrimar una silla y sentarse. 

En Medellín me encuentro todo el tiempo con ese tipo de gente y nunca entiendo por qué no, simplemente, saludan y siguen de largo. Por qué no han podido superarte como vos los has superado a ellos. Por qué se detienen a conversar y, sobre todo, por qué se detienen a opinar. Yo nunca hago eso. Yo sólo saludo y, si insisten en detenerse a intercambiar palabras, hago tal vez un par de preguntas cordiales, pero nunca opino. Luego trato de seguir de largo. 

¿Qué puede haber para opinar entre gente casi desconocida?  

De la pocas cosas que he aprendido es que vos NO extrañás a la gente ni a los lugares. Uno extraña es a ciertas épocas, a un tiempo que ya se fue (Marcel Proust dixit), y que aquel viejo amigo o conocido que te encuentras por la calle, ya es otra persona distinta a la que conociste, tal vez un extraño al que hay que respetarle su recorrido como quien respeta al prójimo en la misa. 

Pero la gente se empeña en retrotraer al personaje que fuiste. ¿Es un precio acaso por cierto tipo de familla de mundillo local? 

Te necesitan desesperadamente a como eras.   

Y, como todavía no te pueden amar (porque no han aprendido a amar), entonces te joden.

De repente caigo en que no debería escribir tan largo en este diario. Sólo capsulitas, así como para no perder el hábito.  Plasmar como fotografías, instantáneas, fotogramas de vida, frescos de la cotidianidad mientras avanzo con la película. Extraño esos días en que escribía corto y conciso, sin tanta histeria. Y también que debería volver a escribir siempre en presente, mi tiempo narrativo favorito. El presente - como dice Deleuze - que sucede en el cine: donde todo pasa en presente. 

Y entonces de repente, me acuerdo que me encontré hace poco a Oscar Mario Estrada que es una persona deliciosamente taciturna y distante cuando no se está quitando la ropa borracho, en medio de un parque, o durmiendo la rasca en horarios laborales encima de la mesa de una tienda cualquiera y, también, me acuerdo de la putería que le dio cuando le comenté que tengo una lista de varios directores invitados para la película y más putería le dio todavía cuando le dije que uno de ellos era Javier Mejía y que ya había ciertas incipientes aproximaciones al respecto, ante lo cual me dice, trinando: ¨No deberías hacer eso porque todo buen director debe tener la película completa en la cabeza¨. 

Una lástima. Pobre Oscar. Un buen tipo en el fondo. 

Pero esa tarde era otra tarde en que también estaba borracho. Otro genio en Medellín que se arrancó una oreja sin la más mínima, ni remota posibilidad, de convertirse en Vincent Van Gogh. 

No quise contarle, tampoco, que lo había metido tentativamente en los créditos de directores invitados del primer corte de la película. 

Obviamente en su estado, si lo meto o no lo meto, siempre le va a importar un comino. 

noviembre 06, 2018

Fotogramas para Antonioni





















Nos han secuestrado la educación y los medios, y cuenta no nos dimos

 Mi problema no es con la izquierda. A la verdadera izquierda la amo. La conozco, sé que existe. 

Cada vez más escasa, pero que la hay, la hay. 

En algún lugar, intacta.

Como el de muchos otros colombianos que no somos de izquierda ni de derechas, (pero sí muy avezados calenturientos de tomar partido),  mi problema es con la falsa izquierda colombiana. O peor: la falsa izquierda que se escuda en sus vestimentas apolíticas (léase todo el fajardismo junto, por ejemplo).

 Un problema que hoy, aquí, no es para nada un problema menor.

Para la muestra, la actitud de estos dos payasos. Que durante todos los 90, se la pasaron haciendo chistes despectivos y denigratorios de ciertas minorías étnicas. No lo hicieron una o dos veces, como Woody Allen en su gran obra. Lo hicieron sistemático en su proceder sedicioso y delincuencial. Su modus operandi.  Las usaron para ejemplificar una condición menor de la moralidad colombiana. Con la forma de tratar a las personas, y a sus compañeros de trabajo, sin darse cuenta, simbolizaron y simbolizan algo más profundo en esa realidad que es un estar en el territorio, cierto habitar.

 Lo clave aquí, es que estos dos fantoches supieron escalar esa falta de moralidad colombiana hacia el plano de las relaciones interpersonales, pues ya era hora de caer a la dura realidad de que la corrupción, o cierta forma de amoralidad, no estaba en las altas esferas ni exactamente en los políticos. Ni siquiera la corrupción por sí misma es el problema. La corrupción pasa por lo cultural. La corrupción sólo es el reflejo de lo corrosivo en nuestras formas, un espejo de nuestras más pequeñas cotidianidades, un cáncer social que en lo macro expresa muy malos hábitos en lo micro, cierta toxicidad en el ecosistema emocional de la masa.

 Qué gusto da ver a estos dos, hoy en día, reculando sobre su fascismo connatural y encubierto, tan propio del arribismo colombiano y de una clase social muy específica, esa nueva clase media emergente, acaso cierta suerte de nuevos ricos en el barrio.

- REDACCIÓN NEBLINA -

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