octubre 31, 2018

ELEPHANT de Gus Van Sant, NO ES ESCUELA PARA VAMPIROS




´´My God, sun shine like hell today. This
school is no place for a vampire´´. 
                                   

Y ... ´´La lluvia ácida mojaba octubre
Y de rodillas vuelan lamentos
De algunos buitres, de algunos cerdos´´



- REDACCIÓN NEBLINA - ¿Quién no queda enamorado de la cámara subjetiva después de ver esta película? Es de recordarse que en los 90, antes de la revolución digital, todavía existía la discusión en las revistas y foros especializados sobre la utilización (¿el abuso?) del plano secuencia. Su inconveniencia era meramente técnica y los costos de producción a la hora de iluminar eran gran obstáculo a superar. 

Parece que hoy, aquellas prevenciones hubieran quedado todavía sembradas en el inconsciente colectivo, a pesar de que iluminar ya no cuesta tanto y los steady digitales incorporados, no mecánicos, pululan entre las marcas. 

Hoy las cámaras ven mucho: no son para nada cegatonas (me acaba de decir el camarógrafo paisa, Joche, en una esplendorosa mañana de miércoles, que la nueva de Sony tiene 246.000 de ISO, por ejemplo). 

Por otro lado, el mundo cineasta ya no es tan purista y tan constreñido a las viejas acartonadas y casi caducas normas audiovisuales de televisión barata enseñada en las universidades. 

Son tiempos de penumbras y desenfoques y texturas artificiales, definitivamente.

Parece que fue ayer que la contraluz era considerada académicamente como un error - ¿WTF? -.

Pero más allá del asunto técnico, los problemas de la cámara subjetiva llegan hasta la esfera de lo político. La cámara subjetiva es narrativa pura en primera persona. Sus implicaciones individualistas, equivalentes al YO de la literatura y simbólicamente representativas del estilo de vida norteamericano, son más que obvias.  He ahí la gran magia de Elephant. Gus Van Sant hace una denuncia desde las formas mismas, la autocrítica opera desde los dispositivos de lo auténticamente social neorrealista.  

Pero además de auto crítica, denuncia, también hay alabanza, celebración formalística. 

¿Cómo podríamos ver el mundo mejor si no es desde la preponderancia de ese Yo? Esa cámara que reemplaza el punto de vista de los ojos, nos maravilla por su ballet en la cotidianidad de las cosas. La cámara danza  con la mirada documental propia en relación a la mirada de las víctimas, que son el prójimo. El prójimo asumido, el prójimo internalizado.  Hasta dan ganas de volver al colegio por lo que vemos que ve un estudiante de secundaria cuando recorre pasillos, salones, biblioteca, cafetería, canchas y campus. Conversaciones periféricas ambiente. Paisajes sonoros fuera de cuadro. El truco del director es hacernos pensar que estamos asistiendo a un tiempo real, sin elipsis (Birdman, El Espejo, La Soga, ¿Fanny y Alexander?). 

Salimos del relato con la convicción de que la cámara trabajó para los actores, - como en el cinema verité -, cuando sucedió exactamente lo contrario, como es regla de oro en la ficción y como Dios manda: los actores trabajaron siempre para la cámara.  

Pero la ilusión persiste y en últimas Elephant es la experiencia de un autor jugando con el cine, con su sala de montaje personal (Gus edita sus propias películas, al menos en los primeros cortes, - ¿quién no?- ) y en últimas jugando con el rol de los puntos de vista según la cuentística universal, como un niño que desbarata sus regalos de navidad para examinar sus materiales, incluso mucho antes de estrenarlos.





octubre 27, 2018

QUE NO SEPA TU MANO NEGRA LO QUE HACE LA BLANCA

Uno todavía cree que lo publicado en redes nadie lo lee. 

Pero alguien siempre lee. Y no pocos.

 Postear es mucho más que publicar. Publicar siempre implica un intermediario. Un agente, una imprenta, un editor, un censurador, un fan, un groupie, un consumidor-consumista que paga para leer. En fin, alguien que media siempre entre el escritor y la obra. 

En redes no funciona así. En redes simplemente está quien escribe en relación directa con el lector, del horno a la mesa, del tanque de truchas al sartén hirviendo, un papel al viento que siempre se pega en la cara de un transeúnte. 

En un pasado remoto, a escala ´novelas´ y/o ´cuentos´, he ´posteado´ algunos escritos míos,  y aunque por su calidad no cumplieran estrictamente con el imperativo requisitorio de los géneros, mucha gente me leyó esos escritos como tal, como si fueran novelas y cuentos de verdad.

Mal negocio. Muchos leyeron esos posts. Demasiados para mi gusto. Dichos posts no sólo han enganchado a mucha gente. También han obsesionado a mucha gente,  han confrontado, movilizado posiciones de confort. Mucha gente no ha podido leerlas a la ligera, como siempre he querido que se lean.

Mucha agua sucia me ha caído desde entonces. 

Parte de esa alcantarilla proviene de la gente que no le ha gustado el hecho de que ciertos personajes se sientan aplastados por cierto sistema de valores más culturales que políticos ó socioeconómicos . Personajes literarios de perdedores, latinoamericanos, no necesariamente gamines desechables como en las películas de pornomiseria, pero sí étnicamente excluidos, quienes se ven limitados de oportunidades en un contexto donde todo lo define el color de la piel y el genotipo.  

El resto de la alcantarilla me la ha vertido encima un sector de la mamertada colombiana que se cree dizque muy de izquierda, dizque muy políticamente correcto, incluso dizque decididamente comunista, tod@s blanquit@s con gustos de blanquit@s, perras racistas que prefieren quedarse solteronas sino es un perro blanquito de ojos ´claritos´ quien las venga a montar y ojalá a preñar (también es auto crítica); instituciones que siempre le van a dar el contrato a una ONG catalana o gringa, pero nunca a una ONG africana o boliviana, porque qué tal que vengan unos negritos a enseñarnos cómo se hacen las cosas acá, en este Colombia de tanta alcurnia, en este Colombia que ya va al Mundial y a los Oscar y todas esas cosas.  Total, wannabes de blanquit@s que al final del día siempre pisan - ¿pisamos?- el suelo de este planeta para reproducir los valores de las castas blancas dominantes y que  no dudan en denominarme ´acomplejado´ cada vez que me topan por la calle o en la barra de algún pichadero de moscos autodenominado bar.  

La cosa funcionó, entonces.

 Impacto. 

Muy a mi pesar.

Una realidad fue perfectamente representada y por medio de posts. 

Sin quererlo, logré no vender un modelo de vida, como los pseudo comunistas quieren que la pseudo literatura sea en su marco de ´combinación de todas las formas de lucha posible´: el carácter dizque ´formativo´ de la escritura. 

Fernanda Solórzano explica mejor esa realidad, de la que tanto he escrito, en el siguiente artículo. Me permito fusilarlo con sus debidos créditos:


No maleducadas sino autónomas





“Me pedisteis que os contara mi opinión sobre la servidumbre mexicana”, escribió madame Calderón de la Barca en una de las cartas que describen su estancia en México, a mediados del siglo XIX. El 3 de junio de 1840 les habló a sus familiares en Boston sobre los criados: “Es frecuente escuchar, entre otros vicios, relatos sobre su adicción al robo, su vagancia, sus borracheras y su suciedad.” Luego cuenta algunas de sus experiencias como patrona, señalando lo que considera “una indiferencia a ganar dinero” por parte de quienes la han servido. De una mujer mayor que se retiró pronto porque prefería descansar, dice: “¡A qué poco se aspira cuando uno es capaz de vivir contento con tortillas y chile, una estera para dormir y un vestido harapiento!” Con más apego, cuenta la historia de Josefina: una niña de doce años “guapa e inteligente” a quien se propuso enseñar a leer, coser e “instruir en otras cosas”. Madame C. de la B. culpa a la madre de Josefina de contagiar a su hija una actitud desganada. Describe casi con rabia el día en que Josefina visitó a su familia y, por órdenes de su madre, no regresó a trabajar.
Como esposa de un diplomático español, la marquesa tuvo acceso a los círculos aristocráticos del México independiente. Desde esa perspectiva doblemente privilegiada, observó la rebatinga por el poder entre liberales y conservadores, pero igual dejó constancia de que otras estructuras habían permanecido intactas –o incluso habían empeorado–. En este caso, el sistema que impedía la movilidad social. Su desconcierto ante la falta de aspiración de los sirvientes delata una mirada no familiarizada con las causas del problema. Aunque los sirvientes acumularan dinero, sus rasgos físicos, su lengua y sus costumbres siempre les ganarían el desprecio de los demás.
Una relectura de La vida en México revela que los estigmas que, hace dos siglos, afectaban a la servidumbre se conservan hasta hoy. No es raro escuchar a patronas mexicanas expresarse de sus muchachas en términos semejantes y aún más despectivos. Más notable, en estos comentarios la supuesta “raza indígena” de las empleadas domésticas toma la forma de una complicación. Muchas señoras del siglo XXI se quejan de sus “modos” y las consideran poco merecedoras de confianza y libertad.
El cine mexicano ha abordado esta forma de racismo enquistado negando la injusticia o, simplemente, obviándola. Como muestra de lo primero, la Época de Oro y su incansable glorificación de la pobreza y la humildad. Un ejemplo de distorsión culposa es Nosotras las sirvientas (1951, Gómez Urquiza), cuyo título acusa una intención redentora. La historia de una campesina que llega a la ciudad “para convertirse en señora” (¿a qué otra cosa podría aspirarse?) recorre las estaciones argumentales de los cuentos de hadas. Dulce y pizpireta, la empleada despierta los celos de la novia de su patrón, quien intenta culparla de un robo. Cuando todo se aclara, el señorito de la casa le declara a la campesina su amor. La película busca hacer verosímil su asunto teniendo como protagonista a una actriz de hermosura criolla (Alma Rosa Aguirre). Las “indias bellas” de la Época de Oro fueron actrices de piel blanca y rasgos afilados –el epítome: Dolores del Río en María Candelaria–, lo que impidió proyectar la belleza de las mujeres a quienes, en todo caso, correspondía protagonizar cualquier fábula de movilidad social. La segunda ola de representación de empleadas domésticas fue aún menos honrosa: las sexicomedias de los años ochenta las convirtieron en objeto de pellizcos y violaciones “chistosas”. Las encarnaban vedettes de moda, ataviadas con uniformes apenas más largos que el delantal. El día de las sirvientas (1989, René Cardona III) resume este género de explotación.
Tras décadas de maquillar el lado oscuro de la relación entre patrones y empleadas domésticas, dos óperas primas de 2018 lo abordan sin sentimentalismos: El ombligo de Guie’dani, de Xavi Sala, y La camarista, de Lila Avilés. Mexicano de origen catalán, Sala dirigió el cortometraje Hiyab (2005) sobre una niña española llamada Fátima, orillada por su profesora a quitarse el velo islámico para “encajar” entre sus compañeros. Hay ecos del desafío de Fátima en la niña zapoteca Guie’dani (Sótera Cruz). De ojos almendrados y cejas tupidas, Guie’dani posee una guapura intimidante. Mira a los ojos y sonríe poco, no hace esfuerzos por agradar.
Al inicio de la cinta, Guie’dani y su madre Lidia dejan su pueblo en Oaxaca. Viajan a la Ciudad de México, donde trabajarán para una familia de clase media alta. El trato alivianado de Valentina, la madre, no alcanza a esconder un racismo arraigado. Su esposo Juan ofrece pagarle un maestro a Guie’dani, pero a cambio de que deje de hablar en “dialecto”. El hijo adolescente dice indignarse por el sueldo ofrecido a Lidia y cuestiona a sus padres sobre la falta de prestaciones, pero lo hace más por molestarlos que por una preocupación real. A ninguno le parece grosero tener esta conversación en inglés mientras Lidia sirve el desayuno y Guie’dani escucha a unos metros. Concluido el tema económico, vuelven al español y comentan que “las de Oaxaca” son menos flojas que “las de Veracruz” (relatos sobre la servidumbre holgazana como los referidos por madame C. de la B.).
Más novedosa que el retrato de los empleadores, es la rebelión de Guie’dani ante la imagen victimista que le ha asignado el cine. Reacciona a las humillaciones constantes hacia ella y su madre y se convierte en el ser “salvaje” que habita las pesadillas de los patrones de México. Sala no hace apología de sus actos –un festín de profanación a la casa y objetos de la familia– pero tampoco redime la imagen de la niña por la vía del arrepentimiento. Eso equivaldría a traicionarla, cosa que hace su madre al tomar partido por la familia. Habiendo hablado con ella siempre en zapoteco, un día Lidia le lanza un regaño en español. Sorprendida ante el cambio de lengua, Guie’dani pregunta por qué. Resumiendo cinco siglos, Lidia responde: “Para que te portes bien.”
En La camarista, la mexicana Lila Avilés extrapola las vivencias de las trabajadoras domésticas mexicanas a un ámbito mayor: narra las jornadas de Evelia (Gabriela Cartol) como afanadora en un hotel de lujo en la Ciudad de México. Al igual que Sala, Avilés rompe la tradición de negar roles protagónicos a actrices de rasgos étnicos distintos a los occidentales. Los rostros morenos de Guie’dani y Evelia son expresivos y contundentes. Llenan la pantalla, como habría sido inconcebible en décadas anteriores.
Avilés aborda el abismo entre unos y otros con metáforas visuales. Siempre doblando sábanas blancas y tallando baños del mismo color, Evelia pasa los días en espacios asépticos y falsamente neutros que la ahogan. Los pocos huéspedes que se materializan parecen venir de otros mundos: no la saludan ni la miran; menos le dan las gracias. La excepción es una argentina que pide a Evelia que, todos los días, cuide a su bebé mientras ella se ducha. La camarista, sin embargo, apenas pasa tiempo con su propio hijo pequeño. (Un guiño amargo que también hace El ombligo de Guie’dani al rol de madre sustituta que juegan las nanaslatinoamericanas, a veces a costa de su propia maternidad.) Pero Evelia no es descrita como merecedora de lástima. Su ética de trabajo férrea no la libra de decepciones –un ascenso no cumplido, la detección de favoritismos–, pero estas decepciones no la hunden en la resignación. La cinta narra un cambio en la percepción de sí misma (y de sus valores) que la lleva a cambiar el rumbo de sus esfuerzos.
A diferencia de las empleadas domésticas de la Época de Oro, las jóvenes de estas películas no aspiran a convertirse en señoras. No quieren ser instruidas al modo de sus empleadores, quienes las llaman “de la familia” pero les prohíben usar sus baños, o respingan si usan tortillas en vez de tenedor.
“Maleducada y malagradecida”, llama Juan a Guie’dani una vez que se ha establecido la antipatía entre ellos. Para calmarlo, Valentina le dice a su esposo que comprenda que sus empleadas son “indias a las que todo les queda grande”. Guie’dani los escucha al otro lado de una puerta cerrada –una toma que, por su perspectiva, desmiente esa afirmación–. Sensible y perceptiva, la niña tiene una visión muy clara de su desventaja. La cámara nos hace partícipes de su punto de vista –y, en cambio, mantiene a los patrones dentro de una habitación. ~

octubre 22, 2018

¿Quién es Pedro Manrique Figueroa?

Cuando uno lee un libro no vuelve a ser el mismo, dicen por ahí.

Lo mismo pensé después de ver este film. Que uno no vuelve a ser el mismo después de ver una buena película y más un buen docu´ como Un tigre de papel. 

Durante su proyección uno se pregunta todo el tiempo quién podrá ser Pedro Manrique Figueroa. 

¿Un alter ego de Luis Ospina? ¿La Revolución misma? ¿Colombia? 

Al final, terminás convencido de que PMF sos vos mismo y te llenas de terror al principio y, de regocijo, después, porque al final del día la máxima aspiración de todo hombre es que su propio relato triunfe sobre el de los demás, que el oro sea nuestra propia piel. 

Bonnus Track:

¿No se cansará Duque de imitar el hablado a lo Uribe? Ya podría dejar de hacerlo. 

octubre 16, 2018

El libro del amor: ¡AY!




... /no voy a bajar /
  /déjala que suba / ...
/No voy a parar/
/Yo no tengo dudas/



Hay personas que necesitan desesperadamente el melodrama en su vida. A veces, - o siempre -, confunden (¿confundimos?) pasión con amor. A veces el amor NO nos es suficiente. 

Pero la vida puede ser más tranquila. La vida puede estar llena de amor, sin necesidad del fango. 

Ella, yoguini, medio pi-jipi, comida sana, muy orgánica, muy cero huella ambiental, tendencias étnicas, mucha proclividad hacia una conciencia zen, restaurante vegetariano, meditación, corrección política a la lata, amistades gays, más bicicleta y menos carro (por aquello del petróleo y las nuevas energías renovables emergentes), vinos finos, nada de carne y en casa menos; mucho queso en sus recetas, mucha berenjena, sopas de sidra y de pitaya, velitas artesanales, prendas compradas en Camboya; pescado no, porque ahora ya todo el pescado viene contaminado con mercurio. Conciencia política, empatía social, todo un alma pura o tal vez no tanto, pero igual rumbo hacia la iluminación. 

Él: profe de colegio, barriguita incipiente y le encanta el dulce, el helado de chocolate. Seguramente, si ella lo permite, en unos años podría ser un feliz Homer Simpson. 

Ella mandoncita, montadorcita, le gustan las relaciones de poder, le hacen falta para reafirmarse en su matrimonio, también un poco ventajosa, buena negociante, medio angurriosa, cositera. Buena amiga de sus amigas, una triunfadora social. 

Él, medio psicorígido en sus principios, con una ética exagerada, demasiado pulcro (aprendió esa rectitud en la calle, la mejor escuela moral, en sus viajes de historiador), un niño que necesita ser consentido por mamá, volver a casa, pero que al mismo tiempo le gusta jugar al patriarca bonachón. Nunca le da bola a sus alumnas, que lo adoran.

Un día cualquiera e inconscientemente, ella la caga. Necesita acción para su vida, poner a prueba su matrimonio, a su hombre, a sus ansias de primar. Entonces le pide a él - casi que le impone, le ordena-, que baje de su nube ética, que se enlode, que se revuelque en su fango si tanto la ama: que se unten juntos. Vamos, amor: que es un fango menor, no es tan grande, ni tan profundo como lo pueden ser otros pantanos, otras aguas sucias.

Él decide que es demasiado, que hasta por allá no piensa bajar, que conceder tanto poder tiene sus límites, sobre todo cuando se trata de ética. Mucho le ha costado llegar hasta la azotea, al techo. Que ya estamos maduritos, que somos adultos. Que todo amor tiene un límite, que tal vez en una próxima oportunidad y/o en otras condiciones.

Ella le pide más sinceridad, que se muestre más humano, más conectado con una supuesta monstruosidad muy humana, muy normal, algo natural, algo que puede pasar porque en este mundo estamos.  

Ella sólo le pide eso: más franqueza, menos cordialidad, porque la cordialidad a veces puede disfrazar lo auténticamente verdadero (WTF) y nos impide crecer.

Tal vez el debería gritar, insultarla, perder la cabeza y destruir los enceres de la casa por causa de una infidelidad. Esa sería la sinceridad que necesita ella: algo bajo, algo que lo convierta a él en una persona tan baja como ella. 

Pero él se niega. Quizás lo podría hacer con otra mujer. Pero no con ella. Otra mujer, a la que en verdad ame, porque ese tipo de regalos, el de mostrarse rastrero, sólo se le dan a las personas que de verdad te importan. 

Pero a ella no. Para ella sólo cordialidad. 

Te quiero pero no te amo.  

Tanta cordialidad no permite que dos personas se involucren emocionalmente, pues no hay nada que una a dos personas, tanto, como la cochinada. 

O no tanto la cochinada en sí, sino el encochinarse juntos. Donde estemos juntos será nuestro hogar. Juntos, como Thelma y Louise en el abismo.

 Tal vez ella tenga razón: él no la quiere lo suficiente, tal vez nunca la haya amado con ese amor desgarrado y enloquecido que la mayoría de las mujeres necesitan. - Así como las mujeres están esperando ese hombre que esté dispuesto a perder la cabeza por ellas, los hombres también estamos esperando esa mujer por la cual despersonalizarnos, perder nuestro yo y disolverlo en el ego de la otra - . 

Tal vez, por eso, no haya querido tener hijos con él. Ella necesita un hombre con un amor a prueba de balas, un amor con sangre, caca y mocos. Tal vez ella no necesite un hombre a su lado. En medio de su megalomanía, a ella le parece horrible, inaceptable, que él no haya bajado a ensuciarse con ella, en su pantanero, en aquella quebrazón de huevos. Y, entonces, el universo colapsa, todo se viene abajo. Ella, de victimaria, pasa a ser víctima, así sea en su propio fuero interno. 

El pecado de él: no permitírselo. 

De aquí para adelante, todo lo que se escriba es puro spoiler. Habría que ver la película. 


octubre 09, 2018

La clase obrera, según Jim Jarmusch



Paterson es una película sobre la bondad del pueblo americano, al menos de esa bondad en las maneras, en la forma de decirse las cosas y en partir siempre desde las buenas intenciones.




Es difícil hablar de esa bondad y entenderla si no se ha vivido nunca allí, así como es difícil de creer que la tierra norteamericana sea una tierra profundamente bendecida si nunca se han pisado ciudades de los States. 

Pero Estados Unidos es una tierra bendita y Jarmusch habla de eso en Paterson sin ser demasiado explícito. Simplemente trata de formularlo desde el papel de la cotidianidad en el cine y, en un blog que siempre ha defendido la cotidianidad como vehículo de expresión cinematográfica (desde su primer post), es apenas natural que se recomiende altamente a Paterson, de uno de nuestros directores favoritos.

Una vez dije en un taller de Casa Teatro El Poblado que la cultura era la gran salvadora de la ciudad de NY (y que podría serlo también de Medellín en la medida en que dejara de ser una cosa de intelectuales ya artistongos mamertos), porque allí las aspiraciones artísticas eran potestad de todo el mundo, incluso de la gente más humilde y sencilla, gente que no se puede dar el lujo de ser comunista ni pequeño burgués, gente a la que simplemente no le interesa, gente de bajo de perfil, gente conforme con su lugar en el piñón de la gran maquinaria. El vecino analfabeta menos pensado pinta cuadros o declama poesía. La viejita asiática del laundry de la esquina, ha escrito una novela.  Considero que eso es lo que quiere resaltar Jarmusch cuando me refiero a ´bondad del pueblo americano´: toda una masa de gente, más que crítica, con cierta sensibilidad. Más sensibilidad y no tanta inteligencia y/o educación.   

También Paterson puede ser una reflexión sobre el matrimonio, pero eso ya es harina de otro costal distinta a la harina de este post.



Insistimos en que la temporalidad perfecta en una película, es aquella que trata de plasmar la cantidad de maravillosas aventuras que hay en lo que nos sucede en un día normal de trabajo, sin ninguna de clase altibajos. El cine como la vida, es básicamente pura y deliciosa y llana cotidianidad.  






















































octubre 05, 2018

Los peligros de recrear el mundo

DIARIO DE UN TURISTA - octubre 4 -

Ahora que varia gente ha leído la voz en off de la película,  - mucha de esta gente mujeres, y mujeres que de alguna manera hacen o hicieron parte de mi universo afectivo - , puedo dar cuenta de los peligros de escribir.

Reinventar el mundo por medio de relatos ficticios (basados en tu realidad) puede conllevar riesgos graves, riesgos personales. 

Por ejemplo: mujeres que están involucradas emocionalmente con vos, pueden querer involucrarse con el texto, o terminan involucradas inconscientemente con él, sin racionalizar que el texto no es más que un ejercicio intelectual, un invento, no más que un devaneo literario.

Pero tal es la capacidad de activación subliminal de lo que se escribe ( y tal es la locura insana del amor), que si un lector quiere hacer parte de la vida del escritor (o lo es), puede querer asumir el texto como propio, se lo puede tomar a personal y, de alguna manera, termina queriéndolo llevar a la práctica, actuarlo, asumir un rol en él.

Por eso mi lección, ahora, es no mostrarle la película a nadie que no trabaje en ella, antes de terminarla, ni mostrar por fuera el argumento (aplica también para creaciones literarias como novelas, cuentos y poemas). Tampoco mostrarle el guion o la escaleta a nadie.

Y bueno, está bien que alguien del crew quiera involucrarse más de la cuenta, empelicularse, creerse la trama, interiorizar el tipo de verdades que se formulan en ella.

Pero de ahí, a que alguien externo a la producción use  lo escrito para meterte en tu universo afectivo y/o, tal vez, aspirar a que algún día escribas sobre ellas, y/o convertirse en personaje de alguna de tus historias, ya eso es demasiado enfermizo, la tapa de la olla, definitivamente.

Eso demuestra lo desolados que estamos, lo necesitados de ser protagonistas de algo, (aunque sea de una película), ya que al parecer, en este siglo de la posverdad, en esta crisis de lo virtual, no somos personajes ni siquiera de nuestras propias vidas.

Mi recomendación final, chicas, es: póngase en la tarea de escribir ustedes mismas y conviértanse en protagonistas de sus propias mentiras. A mí me tocó hacer lo propio.

(O consíganse una vida real. Es mucho mejor, más saludable).

Y no olviden que por la acera del frente, siempre va la realidad, lo auténticamente verdadero.

Mientras tanto, sigamos pegándole al cine autoreferencial, no necesariamente auto biográfico, según la gran Fernanda Solórzano:


octubre 01, 2018

SOBRE FEMINISTAS DESNUDAS Y OTROS ANATEMAS (Not in my backyard)


REDACCIÓN NEBLINA - Hace algunos años estuve saliendo con una muchacha que me impuso ver esta película en la sala de su casa. 

Y digo ´me impuso´ porque a ella le encantaba imponerlo todo y escribo esta denuncia, en este blog, porque ella nunca ha de pasar por acá, ni siquiera lo conoce y vive muy ocupada como para ponerse a visitar fruslerías cinéfilas. 


Así, un supuesto conflicto de éticas desaparece, pues ella es una mujer de éxito, siempre lo ha sido, al menos desde que yo la conozco, y este blog, si no te has dado cuenta amigo lector, sólo lo leen los perdedores - al menos me regodeo, placenteramente, al pensar que escribo para ellos, gente que se pueda identificar con el autor -.  


El caso es que estábamos en ese punto de la relación en que estás dispuesto a arriesgarlo todo, incluso sacrificarlo todo, por embarcarte en ese noviazgo que te tenía tan encantado. 


Pero, de un momento a otro, minuto 15 o algo así, tal vez menos, mucho antes del primer punto de giro, recién pasados los créditos de entrada quizás, algo me pasó con la película. Algo me desagradó de ella. Debe ser porque estábamos desnudos y me pareció extraña la situación. Desde los 90 no paladeaba los humores del amor, en bolas, por la sala de una casa, en compañía de una bella mujer. Creo, de hecho, que había retozado tardes enteras en estado de Adán y Eva al interior de una habitación, pero nunca en una sala y mucho menos por todos los ambientes de la casa. Tal vez, alguna vez  corrí libre con la viringa al aire por una playa ó vi más de un par de senos bamboleándose en aguas de piscinas y de lagos. Pero nunca en una sala viendo la televisión. Nunca. 


La foto es muy simpática. De repente estás ahí, empelota, sudoroso con tu sexo al aire, mirando también hacia la televisión. Ella, yo, mi pene, su vagina, las tetillas, pezones, sus estrías, mis llantas, la zona bananera, la Far, el ELN, celulitis, toda la familia ahí al descubierto, todo el surtido afuera del empaque, desparramado sobre el sofá.


Entonces, tal vez, las situaciones post coito ya no me parecían románticas. Sentía que ya las había vivido todas en contextos absolutamente paradisíacos. Se entiende, ¿no?... Piel más naturaleza, igual naturaleza. Piel más ciudad ...  no cuadra. En la ciudad cuadra la ropa y punto. No es lo mismo las marcas que te deja en las nalgas la arena blanca de Sasardí a las marcas que te deja en la espalda un mueble comprado en Falabella.


¿Qué me había pasado? ¿A qué horas había perdido mi espíritu salvajemente jipi? 


Lo que le había criticado a mis últimas novias, por ser  unas pacatas que se vestían después del acto, yo lo estaba acometiendo: una increíble pereza de andar desnudo, (sufro de exhibicionismo verbal pero no corporal), entre otras cosas porque mi encarrete del momento tenía buen cuerpo y estaba joven, y yo ya pesaba 30 kilos más que ella y me sentía viejo. 


También me sentí contrariado por el hecho de que la película me hubiera sido impuesta, pues yo venía de una relación donde las películas se escogían consensualmente sin ninguna dificultad, las negociaciones al respecto fluían sin ningún tipo de dificultad, y con toda calma. A veces yo cedía, y a veces cedía ella. 


Lo otro, es que por el tiempo de La Casa, yo andaba en mi periodo cinéfilo más under, más Plano Eterno Producciones, más video-verité. Quería que mi nuevo amor me leyera eso. 


Pero no sucedió. La película, como miles de detalles más, se impuso y punto.


 (Ya eran otras épocas). La era de la mujer empoderada había llegado para quedarse. Y la película, además, era esa ficción convencional de un tema que me tenía harto por estarme ganando la vida con él, un tema que todavía detesto, pero al que siempre vuelvo porque es el único escampadero decente para profesionales frustrados en Medellín: hablo del tema de la docencia. Sí, ya lo sé, un auténtico coñazo detrás del cual muchos escondemos gran parte de nuestras miserias cívico ciudadanas. Un trabajo que casi todos odian, pero en el que la quincena manda - Rent theory, you know - y un poco el estatus también. Debajo del trabajo de profesor siempre hay un montón que pueden ser peores. Para esta ciudad de sabios, donde los demás son unos ignorantes menos yo, si no quieres ser profe, tenemos el empleo del desocupado, por ejemplo, o el del artista muerto de hambre y ¿qué tal el del genio incomprendido? 


Afuera hacía un calor de aquellos en Medellín. Un verano típico de la temporada. Una de esas tardes auténticamente californianas. Miro alrededor. Matas de todo tipo colgando de las paredes. Colores debidamente  diseñados. Una librería con autores de alto turmequé. Alcanzo a ver los títulos que yo le he regalado, quedaron en buenas manos. Un gato atraviesa el paisaje. Luego otro, adornando mi campo visual. De repente, me entran ciertas ganas de un café. Inconscientemente, en medio de la película, notifico ganas de capuccino. 


¿What!!!???


¿Capuccino? ¿A esa hora ?, ¿Con ese calor?, ¿en medio de ese momento tan sagrado?


Me visto, salgo, me tomo mi capuccino, voy a comprarle galletas al gato de mi nueva novia y cuando estoy terminando el rito consumista, suena el celular. Se ha desatado la tercera guerra mundial. 


Vuelvo con las galleticas para gato en la mano y a los 15 minutos salgo de allí para no volver. 


Era la tercera vez que una mujer me agredía físicamente. Era la tercera vez en mi vida que una mujer respondía con violencia física ante un acto de agresividad-pasiva por parte mía. Y era la tercera vez que yo no le daba trascendencia al asunto porque me parecía perfectamente normal, y hasta válido, que dicha agresividad-pasiva tuviera ese tipo de consecuencias. Porque la violencia simbólica, hoy, todavía me sigue pareciendo igual de grave que un puño en la cara ó que un tiro. No es que comparta la violencia física. Pero lo que digo es que no naturalicemos las otras violencias tampoco, no volvamos normal lo que ha estado enfermo.  A mí no me vengas, querido lector, que la violencia simbólica es el principio de la civilización. Not in my backyard. 


Si vamos a sanear este país, empecemos también por sanear los niveles de virulencia en los tratos impersonales. Hagámonos responsables de nuestras pequeñas violencias cotidianas. Violencias de pequeñas tiranías, pequeños matoneos, exclusiones, inconsecuencias,  prevenciones, incoherencias, contradicciones. 


Y la única manera, si no se puede, si definitivamente eres un tarado emocional y te quieres quedar así toda la vida, si no puedes pasear el carro y darle vía al peatón, si no te sale pedir excusas cuando alguien te pisa tus zapatos nuevos en el metro, si no, entonces ten respeto, respeto hasta en lo más mínimo. Ni siquiera tolerancia, pero sí al menos un poco de respeto.


Ya lo dijo el maestro:


 /SI EL LENGUAJE ES OTRA PIEL, TOQUÉMONOS MÁS/, /CON PALABRAS DE DESEO/.


De todos modos, hoy me pregunto por qué aquella feminista desnuda con la que me estaba acostando, estaba tan interesada en que yo viera esta película. 


(Hoy me doy cuenta de que su interés, en que yo la viera, era más intenso de la cuenta). 


Así, desde Santa Elena, (hoy también), en medio de las lluvias del invierno, cuando no hay tiempo ni lugar, me acuesto por fin a terminar de ver La Casa: aquella película que había dejado empezada por causa de un capuccino y que me había sido impuesta como una suerte de síndrome post polvo. 


 La veo y, entonces, encuentro todas las respuestas. 



Nota: meses después volví a reencontrarme con la amante aquella y empezamos a salir como amigos. Yo volví a su apartamento, pero ya en plan de hermano cósmico, a darle consejos y a echarle cantaletica por sus novios y a probar su exquisita gastronomía cada vez más sofisticada. Un par de noches terminamos borrachos en su cama, dormidos ipso facto con la ropa puesta, luego de sendas faenas de tequila por los bares del centro y de cero lascivia. 

Hoy es una de las pocas amigas que ha sobrevivido a mi provocada AUTO extinción de los 40. 

Tiene un novio estable desde hace tiempos, al que me permití darle toda mi aprobación. (Bueno, esta situación duraría, para efectos de esta historia, hasta 10 días después de escribir este post, cuando me la encontraré en la avenida la playa, esa calle que tanto he intentado narrar, esta calle que tanto he grabado, intentando meterla en mi actual película, y aquí estamos, precisamente a la altura del palo, al frente de los billares, y entonces ella me cuenta que terminó con aquel novio, que la agarró una de esas locuras que le dan a ella y que lo mandó pa´ la porra y, así, yo me vuelvo a acordar de las cosas no tan tiernas de esta feminista, hoy no tan desnuda, hoy más bien disfrazada. y veo que ha vuelto por sus viejos lares histéricos de intelectualizarlo todo, de pasar todo por el filtro de la razón, solo con algunos pequeños lapsos intermitentes de afecto, pero de nuevo por su vieja senda de hablar y hablar y hablar y de no querer escuchar al otro y, yo me pregunto, cuánto llevará mi pobre feminista desnuda sin tener con quién conversar, sin tener un interlocutor al cual mandonear. de modo que miro alrededor y me explico un poco de dónde viene tanta mierda que hay en la medellín actual. mi feminista desnuda empieza entonces a decirme, en medio de un montón de historias inconexas, que ella no para de revisarse, que no ha vuelto donde el analista, pero que todo el tiempo vive preguntándose en qué ha fallado con la gente, que le parece super importante tramitar las pequeñas y grandes preocupaciones para no desarrollar una enfermedad ´bien tesa´, ´esa gente que se enferma feo es porque tal vez no han sabido gestionar una preocupación´. 2018, avenida la playa. viernes. yo trato de pedir la palabra pero es imposible, esta mujer no se calla. es de esa clase de histéricos que se pisan sus propios diálogos, se interrumpen a sí mismos con otros temas y prosiguen en un continuom eterno, cual alma sin sosiego en red social, como esos enfermos que viven posteando todo el día en twitter. hay un montón de gente así en medellín y a mí me toca  encontrármelos todo el tiempo, un poco por el síndrome del escritor, porque los llamo con la mente, porque seguramente los atraigo con mi energía, porque uno atrae lo que es, o porque los demás se aprovechan de mi hábito de hacer preguntas, de interesarme cordialmente por la vida de los demás, porque tal vez piensan que mi papel en la vida es sólo el de escuchar. acto seguido, propongo una cerveza y nos vamos a un bar de cómodos sofás al frente del ´pablo´. yo me extraño, porque hace años ella no me acepta una cerveza en la calle. en el bar ella celebra lo bueno y lo malo de esta vida, todo le parece perfecto. hablamos de los 80, de lo fantástica que fue esa época para el pop. mientras la veo gesticular, pienso en estas personas, a las que todo en esta vida les parece maravilloso, positivas a toda costa, que son las más peligrosas: en cualquier momento se les puede zafar la cadena, saltárseles la pepa, enterrarte algún cuchillo, este tipo de gente es la que hoy les parece fantástico todo en vos y mañana les vas a parecer horrible, según el genio con el que se hayan levantado. Encima, debo estar alerta. No olvidar que una mujer con una promesa de amor retirada, es un animal herido. 

Los humanos modernos somos así. Tanta exhibición de falsa alegría siempre será para sostener con babas nuestra estabilidad económica, laboral y emocional. le tenemos miedo a lo negativo porque intuimos, en el fondo, lo que realmente somos. En el fondo reposa el monstruo de una fealdad que tal vez ya halla hecho mucho daño y que cuando despierte volverá a hacerlo. 

Pero yo culturalmente, me caso con los gringos, siempre hay que revisar la intención, la intención es lo que vale, así a veces nos perdamos en el camino y la intención de mi feminista de entrada siempre es buena, aunque, capto, está bien verla de vez en cuando, no me imagino viéndola a menudo y mucho menos conviviendo con ella, como alguna vez contemplé.  

Son las reglas del capitalismo. hay que mantenerse a toda costa. 

Igual, le agradezco a mi feminista favorita que se muestre tan proactiva, que trate de crear una atmósfera complaciente cada vez que nos reencontramos.

Hablamos de su exitoso trabajo, (mejor dicho: habla ella. Cuando yo trato de enunciar palabra, inmediatamente soy interrumpido por su marea incesante de opiniones. Aquí no hay interlocutora, hay un monólogo de una actriz presentando una audición, alguien que hace casting. No es ella, lo sé, es el mundo, son los tiempos).  Me da consejos sobre el amor (ahí está: una persona cuyo presente perpetuo siempre es la soledad y que no ha logrado tener una relación de más de un año, se cree poseedora de todas las sabidurías sobre relaciones interpersonales. Me recuerda a tanta gente en Santa Elena trabajando el tema dizque de la Sanación emocional: sus vidas interiores, su lenguaje y el diseño de sus pensamientos son una mierda, pero se dan el lujo de tener todas las verdades sobre cómo hablar y cómo pensar y, encima, hacer negocio con ello. El mensaje de nuestro Señor Jesucristo definitivamente dio pa mucho, pa inspirar hasta ideas de negocio).  

Seguimos y mi feminista desnuda habla, con mi anuencia, de nuestras mascotas, de lo maravilloso que es vivir en santa elena, de lo que lleva puesto, de nuestras nuevas casas, de lo flacos que estamos, de toda esa cantidad excesiva de kilos que hemos perdido, de lo bien que andamos comiendo y de las falsas acusaciones  al respecto que nos han prodigado quienes no pueden bajar de peso. hablamos de los buenos nuevos hábitos mutuos, de caminar mucho, de dormir bien, hablamos de lo sobrios que nos volvimos, de las relaciones de pareja, del arte de humillar a los demás (me elevo, mi mente se va hacia la gente que se hace auto bombo, pienso que no hay nada más falso que la empatía a la que hay que hacerle propaganda. La empatía es como la felicidad: es omnipresente, no se tiene, la empatía es o no es y que es muy propio del corazón psicópata alardear de lo empático que se es), hablamos de lo pilos que andamos,  de nuestros padres, de los amigos mutuos, de la muerte, de la edad, un montón de temas que siempre tendremos que hablar cuando nos juntamos. cualquiera que nos oyera podría decir que somos la pareja perfecta. entonces nos despedimos. ella paga las cervezas y no se deja invitar a otra ronda. actualizamos teléfonos. yo la acompaño un rato por la calle y cuando me despido pienso que, en lo posible, siempre nos encargaremos de evitarnos, a menos que la casualidad vuelva a encontrarnos).

Algún día amerita volver a escribir más larguito sobre ella, pues es todo un personaje. 

Su vida de éxitos profesionales continúa imparable. Es una de las amigas que más orgulloso me hace sentir y a la que quiero con auténtica ternura. Hasta hace poco, cada vez que iba a sus nuevas casas (es una nómada, diletante suburbana), la veía más conectada con su corazón, menos mandoncita, menos paisa, más internacional, menos jodidamente colombiana. Debía ser porque ahora la veo más objetivamente, sin sentimientos de por medio que me cieguen la mirada y, además, porque estaba enamorada y siendo amada por un tipo que sí se la merecía. Seguiremos frecuentándonos poco, pero cada vez que estamos juntos se siente el power, un montón de energía liberándose por el ambiente. Es una de esas almas que uno siempre siente cerca.

Yo continúo solo, enamorándome dos o tres veces al año. Mejor dicho, continúo embarcado en relaciones de amor eterno, que me duran tres o cuatro meses. Ahora suelo convertir el sexo en platonismo. Úsese, bótese y transmútese. Aprendí a no volver real lo ideal. Hay gentes, sólo unas pocas almas, que se deben quedar en el campo de lo mágico y la mayoría de ellas son las mujeres que me gustan.


 Eso. 

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