septiembre 24, 2018

DIARIO DE UN TURISTA - SEPT 24



Bueno, he vuelto a retomar la película. Luego de dos meses -creo- de estar parada, ahora entiendo a esos directores donde pierden la vida por terminar una obra. Carlos César Arbeláez hablaba de perder la cordura grabando apenas su cortometraje en Santa Fé de Antioquia (además de su carro destrozado por un par de productoras deleznables). También, en Los Colores de la Montaña casi pierde una propiedad raíz de la mamá. Felipe Aljure, igual, es leyenda por su historia de vender todo el patrimonio por terminar, no recuerdo muy bien, si para terminar La Gente Universal. Ambos salieron adelante. Hoy gozan de excelente salud cinematográfica.

Estos ejemplos, casos representativos, para quedarnos en Colombia.


Yendo más lejitos, habría que citar las historias del libro Moteros Salvajes sobre la generación 70s en Hollywood, donde la cosa a veces se ponía de sacar revólver y dispararlo y, si era necesario, caer a la cárcel. También es célebre la historia que cuenta Chinaski, sobre Schrauder, para sacar adelante su Bar Butterfly, donde casi se mutila una mano delante de un productor porque éste no le daba luz verde al proyecto.


Siempre me pregunté cuántas personas más habrían así entre mis conocidos que hablaban sobre hacer cine, y si yo podría llegar a tanto, si la pasión lo ameritaba.





Bueno, creo que el paso de los años me han dado la respuesta. El asunto no se trataba de tener una carrera como cineasta ni como escritor. Eso es muy distinto a la expectativa de contar una historia bien contada, al menos una, y no poder lograrlo. En lograr esa satisfacción se te pueden ir fácilmente cien años de soledad.

 El asunto se trataba de simplemente de hacer una película. Ni siquiera una carrera.  Y mientras esa película llegaba, vos arrojabas toda la vida por la ventana: matrimonios, sobriedad, cuantas bancarias, estabilidad económica, círculo social.


Yo no creo que ni siquiera los directores tesos de la historia, con obras inmortales como Bergman o Herzog o Eastwood, estando en el medio de un proyecto, hayan pensado que lo suyo era una carrera de cineastas. Estando en el medio de esa locura que significa una película (sobre todo las primeras de sus carreras), yo creo que lo que más les interesaba era terminar ´la maldita película´ de la mejor forma posible e irse a casa.


Papá Henmigway hablaba muy claro de ello, (no estoy seguro si en París Era una Fiesta): ´cuando estoy en medio de una novela, lo único que me interesa es terminar la maldita novela´.


O sea, entiendo por esto lo que siento hoy con esta película que estoy editando: lo único que me interesa es terminar la maldita película y terminarla bien y luego olvidarme de toda esta inmundicia que es el arte de contar historias. Retirarme y buscar una vida real. Obviamente, de seguro cuando termine esta película, he de parar un par de años y luego me asaltará otra vez el bicho de contar historias, porque ya me ha pasado antes. En textos que creí obras maestras y que hoy veo como auténticas basuras, como El Empeliculado por ejemplo, había decidido que mi paso por el mundo de las novelas y del cine había terminado. Tres años corrigiendo todos los días, habían sido más que suficientes. Me dedicaría simplemente a consumir cine de entretenimiento los viernes en la noche, a conseguirme un trabajo real, una esposa y un perro y pare de contar, no más intentos por escribir La Novela, ni qué ocho cuartos.


Casi veinte años después, aquí estoy. Todavía tratando de contar esa gran historia, ya sea por medio de la literatura o del cine.


¿Acaso no le sucede eso a los grandes, a los de verdad? ¿Creer que la obra en proceso va a ser la última, la unica y la más sublime, ese PEDRO PÁRAMO que todos buscamos y que ninguno logramos?


Casi 20 años después, he tirado tres esposas por el balcón de la existencia, una carrera universitaria, dos países, tres ciudades y me he quedado como las personas cuando se ponen al día con la DIAN: en calzoncillos, viendo la casa de turno arder en llamas, vaya, mientras los vecinos curiosean en pantuflas y con sus batas desde el otro lado de la acera y yo al lado de ellos con el reflejo de la candela flameando por mi cuerpo desnudo.





Igual, ahora entiendo también que es muy distinto tener una carrera de contador de historias a contar una buena historia. Una carrera de cineasta la tiene cualquiera con suerte y con astucia y con ambición y con un par de amigos influyentes. Pero no cualquier cineasta de carrera cuenta con al menos una buena historia. Se entiende, ¿no? 


Contar una buena historia, al menos una, es otro tema, harina de un costal muy diferente. No tienen nada que ver una cosa con la otra.


Y eso poca gente lo entiende. Me acuerdo cuando estábamos en la pre producción de ES DOMINGO YNTAN y me fui a Versalles con un par de alumnas y un alumno, que me estaban ayudando con el guión, y les conté la anécdota del director de Barfly dispuesto seriamente a cortarse una mano delante de su productor. Mis alumnos me abrieron los ojos a punta de salirse de sus cuencas y se dijeron entre sí que no era para tanto. Era una soleada mañana de sábado, recuerdo. Ellos me entregaron sus manuscritos y se fueron, creo, que nunca más sin querer saber nada de ´hacer cine´. Yo en cambio, me quedé allí sentado con un puñado de hojas en la mano y con una enfermedad producida por un bicho que pica solamente a unos cuantos (Carlos César Arbelaez Sic).


Contar un buena historia, o al menos tratarlo, significa perder la vida y se te puede ir un siglo entero en ello. Hay gente que ha sabido, inteligentemente, renunciar a ello.


 Yo todavía estoy a tiempo también. 

Esta pausa de dos meses me sirvió para entender por qué en las primeras páginas de este diario hablaba de la muerte sentada en un sofá, en un rincón de la sala de mi casa. 

Y es que sin racionalizarlo, la película empezó a tragárselo todo, como un vórtice que chupa y chupa. De repente, estaba viviendo en una casa horrible. Un extraño olor desagradable empezó a invadirlo todo. Y no era ni siquiera por falta de aseo, - aunque también -. Pero también había otro olor, el olor de una energía extraña, una especie de entidad negra que empieza a controlarlo todo y ello empieza a reflejarse en tu apariencia. Pienso en Coppola durante el rodaje de Apocalipsis Now y su forma de vestir. Pienso en Thom Yorke y su dudosa presentación personal en el video de DayDreamer. ¿Estoy dispuesto yo a tanto?

Ilustración audiovisual del sentimiento en mención:

Bueno, de alguna manera, por ello paré. Porque en el fondo me había dado cuenta de que algo muy oscuro me estaba ganando. Y no digo oscuro de adentro para afuera, porque en general, adentro, yo vivo lleno de luz (con algunas sombras, obvio).  Pero sí me refiero a esa oscuridad que viene de afuera para adentro. Del mundo exterior.  Es real. A veces en estos procesos, la que te empieza a perseguir es la muerte que viene adjunta con la obra. Fuerzas extremas que tratan de penetrarte.


En estos dos meses de pausa, me pasó de todo, cosas más buenas que malas, pero las malas, tenaces. Y creo que aun sigo dando la pelea. Pero es chistoso: ni siquiera en aquellos lejanos años de ebriedad, me habían tocado tanto la puerta las huestes del mal.  Debe ser precisamente porque mi intención es ésa: orientarme hacia La Luz. Ya lo dice Steinbeck: ´´Un alma purificada y salvada, es un alma doblemente en peligro, pues todo en el mundo atenta contra ella´´. Si todavía estuviera buscando cochinadas, el diablo me dejaría quieto.


 Con una mano escribo y con la otra me sostengo, digo en clave de un Norman Mailer mal citado. La mala onda suele venir revestida en forma de personas y uno siempre vuelve a caer. 


Creo que la muerte sigue merodeando, como merodea en todas partes (/SI ALGUNA VEZ ME CRUZAS POR LA CALLE, REGÁLAME TU BESO Y NO TE AFLIJAS/, /SI VES QUE ESTOY PENSANDO EN OTRA COSA, NO ES NADA MALO, ES QUE PASÓ UNA BRISA/, /LA BRISA DE LA MUERTE ENAMORADA QUE RONDA COMO UN ÁNGEL ASESINO/. / MÁS NO TE ASUSTES / SIEMPRE SE ME PASA /, / ES SÓLO LA INTUICIÓN DE MI DESTINO/), pero yo ya volví a sacarla de la sala de la casa, a la muerte, y la he mandado a que se refugie entre los árboles, por allá en el bosque, donde le corresponde, controladita por los árboles. Incluso hasta me tocó meterme una sobredosis de escopolamina, esa flor de las ideas fijas llamada Borrachero, para ir hasta sus aposentos y hablar con ella, con la muerte, mirándola a la cara. Literal. No es metafórico. Allá, entre los árboles, me dijo que todo bien. Que yo soy quien decido lo que elijo.


Así, pues la película sigue adelante y con otros bríos y otra clarivendencia y otra lucidez. Intacta.

septiembre 14, 2018

A LA BÚSQUEDA DE ALGÚN CÓDIGO EN ´SICARIO´



- REDACCIÓN NEBLINA - Mucho se ha hablado, se ha leído y se ha escrito sobre el cine negro. Y de tanta ceniza en el papel, nunca he visto que se hable sobre el papel de el deseo como eje fundamental del mismo (bueno, de pronto algunas críticas sobre Almodóvar por ahí, de Polanski, quizás. Dos o tres de la Nueva Ola Francesa, Vértigo de Hitchcock con el deseo manifestado en las ganas de culiarse a la mamá y no poder haberlo hecho nunca. Ok: lo reconozco, el cine - que podría considerarse negro - está lleno de deseo como base en la cocción de mucha crítica cinematográfica), un deseo que rápidamente se transforma en horror. ¿No es éste el resumen de la historia del amor mismo? 

En la película Sicario se plantea, como trama secundaria, una relación muy contenida entre una policía norteamericana, blanquita de clase media, a la que el mal todavía afecta en su capacidad de asombro, en su empatía por la vida humana, y un latinoamericano proveniente de transar con el mal en Medellín, Colombia (donde obviamente de eso llamado ´empatía´, en general, queda muy poco, como buena megalópolis que nos estamos volviendo), (Desde Scarface para acá, la mafia colombiana, según los gringos, es la mafia más desleal de todas las mafias habidas y por haber, la más corrupta.  Como si ser mafioso ya no fuera suficientemente malo, como si algo llamado lealtad pudiera existir en ese mundo, como si existiera algo así como una ética de la mafia. 

Puede ser que no sea gratuito que al interior de Estados Unidos pervivan, convivan y funcionen mafias de China, Italia, Japón, Grecia, República Dominicana, Korea, Japón, perfectamente organizadas y ninguna tan perseguida y casi extinta como la colombiana). 

La cosa es conflictiva en Sicario porque, ella la gringuita impoluta, desde el principio se siente contrariada, ética y moralmente, por esta clase de personas en el mundo: los mafiosos que han pasado por Medellín o que vienen de Medellín. Entonces ella lo rechaza de plano, al sicario. 

Sin embargo una especie de tensión sexual les empieza a ganar a ambos en cada mirada, en cada encuentro, sin llegar a desarrollarse nada concreto en el plano de las acciones, nada sexual, digamos. La cosa es puro deseo y punto. Y odio, vaya. Esta gringa me recuerda mucho a las niñas blancas de la ciudad de Pablo Escobar, que cada fin de semana se van al Tíbiri, un bar tradicional de Salsa, para que las saquen a bailar los balijas de las comunas que van allá, entre otras razones porque estos manes, entre más pillos, más tesos para azotar baldosa.


¿Y qué caldo de cultivo más ideal para el deseo que el baile?

¿No será éste ritual del deseo el ADN de todo el cine negro en su historia, desde El Halcón Maltés, Casablanca y demás? ¿No estará resumido el código del género en la escena del baño en Sicario?

De seguro, estas aseveraciones sacadas del contexto global, cobran cierta resonancia muy diferente al que pretende plantear la película. 

O quizás no.