agosto 24, 2018

EL ARTE DE HUMILLAR EN PÚBLICO



´´Ocurre a menudo que la gente que más fácilmente tiene la capacidad de humillarte en público, es la gente que más te quiere y la que más te idolatra en su fuero interno.´´ DENNIS HOPPER


He pensado mucho en esta última frase ahora que hay una especie de confabulación astral para estar cerca de cineastas - cineastas de verdad - que en el fondo he admirado artísticamente y cuyas obras, al mismo tiempo, he terminado atacando en este blog desde hace muchos años. 

Gente que, de alguna manera yo he terminado por intentar humillar - no sé si humillar sea el término exacto. ¿Será escribir sobre el cine de los demás otra forma de atacar? ¿Es atacar-el-arte otra forma de humillar a las personas detrás de ese arte? ¿Deben los cineastas tomársela a personal?- en público (y así este blog no lo lea nadie), pero personas que tarde o temprano terminé encontrándome en el camino.

También toco el tema a propósito del episodio de ira protagonizado por Isabel Cristina Estrada Baena, una periodista muy cercana y que, de hecho, es bastante amiga de muchas figuras sobresalientes del séptimo arte paisa y que, a mi modo de ver, su diseño de pensamientos, muy Universidad Bolivariana, es bastante representativo de cierto grupo de blanquitos en Colombia o de cierto grupo que se creen blanquitos con cierto complejo de mandamases y cuyo máximo dolor, inconscientemente centenario, es no pertenecer a las élites europeas, el haber tenido que sobrevivir al rastrojero entre tanto animal de monte y tener, por destino, haber tenido que nacer en la manigua al lado de tanto negro y de tanto indio, y que por tanto jueguen a haber construido un modelo de élite criolla absolutamente fantástico. 

Lo siento, pero por mucho que jueguen a la diversidad y al progresismo y al anti uribismo, siempre los delatará el lenguaje y sus formas. Así como a Isabel en su video (que para mí es puro cine), a varias de las personas que les chanta este post se les sale las ínfulas de colonizador español, violador de indias y azotador de negros, día tras día. Cualquier pretexto es bueno para subrayar la condición de blanco que no merece haber nacido entre tanto mulato, zambo y mestizo: un@s se casan con extranjer@s, otr@s se van definitivamente de este platanal, hay quienes no se bajan de sus carros sino hasta que se pueden encerrar en sus casas o apartamentos, están los que persiguen enfebrecidamente cualquier tipo de poder para desquitarse con sus subalternos y hay quienes se dedican a humillar en cada papayazo a cuanto chandoso, según su criterio, se les cruza por el camino.  



Personalmente conocí la casa de Isabel y muy lejos está de ser una ricachona. Pero esa actitud provinciana de la pose y las ínfulas, en efecto, sí la ayudan a vivir esa fantasía de que pertenece a una élite de blancos ricos eurocentristas. El denigrar del otro, rebajándolo desde su condición de obrero a esclavo de la servidumbre, también incluso la pone en una situación social privilegiada, porque así funcionan los cargos en este país. Los privilegios están determinados por los apellidos, los pergaminos y la capacidad de humillación que tengan esos apellidos y esos pergaminos.      

Reducir al otro siempre será el objetivo, pero como el humilletas siempre será un cobarde, un cagón, ese tratar de disminuir, de profesar el Quítate tú para ponerme yo, el Yo no me dejo, tendrá como objetivo superior a alguien a quien el humilletas considera inferior, más débil socialmente que él, como Estrada con aquellos obreros quienes no hicieron más que reírse porque evidentemente sabían que ella estaba siendo una imbécil nadando en la arena movediza de su propia imbecilidad, pues sucede a menudo que el imbécil nunca es consciente de su estupidez. Tampoco faltan los que son conscientes de su tontería y siguen adelante con ella. Estos son los más peligrosos. 

 Bueno, las sensibilidades andan muy revueltas en Colombia, especialmente por estos días, y cualquiera usará la coyuntura para capitalizar estas fallidas conjeturas, estos palos de ciego que aquí garabateo. 

Pero voy a hablar de otros tiempos sin tiempo. 

Según mi amiga psicoanalista, (que ya he mencionado antes en este blog), aquella capacidad de traición y de lucimiento público a costa del objeto amado - o sea aquella capacidad de humillar en público- hace parte de una condición femenina, ya sea por imposición cultural o por inercia social. 

´Eso es muy propio de lo femenino´, me dijo hace varios siglos cuando nos juntábamos y, juntos, nos volvíamos indestructibles y no necesitábamos a nadie más y nuestro presente era eterno y yo me tiraba en la hamaca de la sala de su casa a degustar sus deliciosos sánduches gratinados y cuando todavía tenía los pergaminos suficientes para tener derecho a un pliego de re petición, doble porción de queso incluida. (Seguramente todavía los tengo, los pergaminos. Pero llegas a una edad en que aprendes a dejar que las amistades más queridas respiren, que se vayan como una mirada persiguiendo el horizonte de un paisaje lleno de montañas. Te quiero, hermosa, y como dice el gran Fito: ´´Si escuchas esto por ahí, quiero saber de vos´´).  

Obviamente, mi amiga no hablaba de mujeres. Hablaba de esa parte femenina que reposa en hombres  por igual.

´Es que somos muy humanos´, me decía hace poco en un bus de Santa Elena, Mercedes Cardona de la Corporación Cinefilia, a propósito del tema y en relación con los cineastas periodistas y nuestra capacidad de fagocitarnos unos a otros, de ´hacer crítica gratuita´, dirían los intelectuales, de ser buenos cuates, dirían los ingenuos, de ´aporrearse como prueba de amor y amistad´, dirían los viles, y/o ´de humillar en público´, diría yo, pues generalmente esa capacidad de canibalismo, a la colombiana, conlleva cierto nivel de exhibicionismo, y ya se sabe que el exhibicionismo nunca se hace de manera unilateral sino en multitud. 

Al humilletas de salón - o de acera como en el caso de Isabel- no le bastan los conductos regulares para gestionar los demonios sociales. No le basta el correo electrónico para dirimir sus molestias personales, ni  le basta un llamado al orden de manera civilizada, pues todo lo que hace es delatar que en sus familias nunca nadie conversó las cosas. Cada vez que alguien trata de humillar a otra persona, me pregunto qué clase de crianza pudo haber tenido la persona que humilla y que usa el camuflaje de lo público, de lo social, para atacar. Como los alumnos cuando delatan el infierno de sus familias comportándose mal en el colegio, también la persona que intenta disminuir al otro con la palabra está (¿estamos?) poniendo en evidencia su trasfondo familiar, su tipo de crianza, al muladar de brutalidad emocional en el que crecieron y el cual heredaron y heredarán.

Al humilletas colombiano, principalmente de derechas - pero disfrazado de izquierdas-, sólo lo calma un linchamiento público y beberse la sangre aun caliente del sacrificado enfrente de la manada. Es lo único que lo redime de su frustración por haber sido relegado a este monte lleno de alimañas. De ahí que llevemos más de 50 años en Colombia con una cadena de venganzas imparable, pues a nuestras contenidas católicas almas no le ha bastado con la justicia de los hombres, ni la justicia divina, para tramitar las ofensas de sus contradictores. Cuando vi el video de Estrada Baena me extrañé bastante. En varias ocasiones la escuché esgrimir un montón de posiciones políticas lo más de evolucionadas y moderadas si se quiere. ¿Qué había pasado con ella, a qué horas emergió el verdadero monstruo de odio blanco que todos los colombianos llevamos por dentro?  

A nuestras contumaces católicas almas (¿caso exclusivamente colombiano?) sólo nos es suficiente comernos el corazón de nuestros detractores, teñir a toda costa nuestros días de coágulos rojos, vampirizar, chuparnos la energía de la criatura a linchar, comernos el cerebro ajeno para seguir siendo zombis con el alivio del viento a nuestras espaldas,  no dejar que llegue la noche sin linchar a alguien, un gamín, un ídolo personal, lo que sea: que nuestras bocas queden impregnadas con la sangre insolente de nuestros semejantes (en alza está el precio de la sangre filial) y que aquella sed de desquite se alivie temporalmente con las gotas que chicotean las páginas de nuestras Biblias siempre abiertas en algún Salmo que nunca leemos.

¿Ya dije que iba a haber sangre en este post? 

A los humilletas colombianos nada nos sacia nuestra sed de sangre humana, pues la que nos corre por la venas quizás ya se animalizó. 

Sea de izquierda o de derechas, el humilletas es un goloso. Nuestra gula por el corazón humano es imparable, una extraña búsqueda equivocada del amor, pues detrás de todo ritual caníbal suele esconderse una desolación. Detrás de tanto miedo y deseos frustrados, una frustrada vida amorosa y sexual y carente absolutamente de significado.  

Nada más revisar la inexplicable matanza de líderes sociales, intensificada especialmente después del triunfo electoral de sus perpetradores. ¿Cuánto hay de una frustración sexual colectiva, que no se vislumbra, allí?

Entonces, te pones a conectar los puntos desperdigados en el mapa y, si los unes adecuadamente, puedes llegar a formar un dibujo bastante esclarecedor: resulta que, a veces, el primer disparo lo hacés vos y ni siquiera te das por enterado. 

I did start the Fire, diría un Billy Joel ´after-hours´, tardío, en modo twittero, ó ´un Billy Joel trasnochado´, diría mi padre. 

Pensando en el tema, me preguntaba hace poco cómo había sido mi rifirrafe con Santiago Andrés Gómez en una época en que todavía no trabajábamos juntos y yo sólo era un admirador más de sus películas. Otro que iba por ahí a sus charlas en el Colombo y a las retrospectivas de su obra y que lo incomodaba con preguntas corchadoras. Así como cuando una noche en OtraParte, el director paisa me indaga en un foro por mi opinión alrededor de cierto material inédito suyo y yo lo acribillo con una crítica barriobajera y lapidaria delante de su esposa, y enfrente de sus colegas de Madera Salvaje. 

Luego, meses más tarde, Santiago tuvo la oportunidad de desquitarse en un Festival de Cine de Santafe de Antioquia y yo todavía tuve el descaro de preguntarme durante muchos meses el por qué de su ataque. 

 O sea: yo había borrado el incidente de OtraParte, porque seguramente lo consideraba, inconscientemente, un mal menor (pues parece que, cuando humillamos no vale pena. La humillación sólo cobra valor cuando el humillador es humillado).

Pero, qué le vamos a hacer: los fans nos creemos con derecho a todo, con respecto a nuestros ídolos. 

Fue mucho tiempo después en que caí en cuenta de por qué Santiago se comportó como una celebridad impotable que, además de atacarme, se dio el lujo de mirarme por encima del hombro en la proyección de su película, de ningunearme delante de sus admiradores en un Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia. 

Bueno, por demás, aquella era su tarde. El recinto estaba a reventar y todos los astros estuvieron de su lado. Pudo haberme matado moralmente practicando ese deporte que los colombianos sabemos jugar tan bien: Sicariato-Moral-Mediante-Linchamiento-Público. 

Pero Santiago fue más misericordioso de lo debido.

Hoy, -que hemos decidido reencontrarnos en el home-video, lo que mejor sabemos hacer - calculo que nuestras humillaciones mutuas del pasado no fueron calculadas, surgieron siempre de raptos de inspiración divina, desde lo más profundo de nuestra brillantez, pues humillar es nuestro legado poético más preciado, está en la cultura, hace parte de nuestra impronta nacional y de vez en cuando se nos sale a manera de poema luminoso. Pero calculo que Santiago y yo, como la mayoría, no calculamos humillar.   No de manera premeditada, no por buscar poder o prestigio como sí lo hacen muchos. Simplemente se sale, la intención de humillar simplemente aparece. Es omnipresente. Es.

De hecho, nunca voy a entender porque nos hemos tirado tan duro Santiago y yo en un par de ocasiones, por qué atacamos a los que admiramos y queremos, - a pesar de que sí entiendo toda la ruindad que rodea a nuestra generación de realizadores-, acaso una suerte de destino cultural. De hecho siempre lo defiendo cuando hablan de él a sus espaldas. Como fan, me duele que la obra de Santiago sea tan mal interpretada y sobre todo, matoneada.  Sus críticos más feroces lo acusan de ser un autor demasiado sincero.

 - Hágame el favor. Empecemos por esa palabrita.  ´Es que se te salió LA SINCERIDAD´, se llenan la boca generalmente los sobrevaloradores de la ficción, de la mentira, de quienes adoran hacer arte en tercera persona, sin involucrarse, con la primera persona escondida omnipotentemente, como en ese infierno de la canción HiFi de Bajotierra en el que nadie saluda. Cada vez que un mamerto sesentero, generalmente teatrero frustrado o poeta tirapiedra, quiere quedar bien en esos foros deprimentes de su época, usa el apelativo ´Sincero´, lo cual no es otra forma despectiva y astuta de disimular un ataque. ´Si vamos a enumerar un acierto, debo decirte que se te salió la sinceridad?´

 ... ¿¿¿¿WTF????     

¿Qué quiere decir que una obra sea sincera?, ´´Es que se te salió la sinceridad´´, te dicen los jipis trasnochados cuando te quieren humillar . -  

Pero esas ganas de humillar no esconden más que cierta miopía cuando no ignorancia o ingenuidad. Cuando escucho que alguien acusa a Santiago de ´sincero´, pienso que a ese alguien le falta viajar (viajar de verdad, estarse años en un país del primer mundo, no ir 15 días a Nueva York o estarse tres semanas en Barcelona: eso no es viajar, eso es turistiar y el turista nunca conoce nada, el turista solo presume de todo, de su tránsito epidérmico sobre la faz de la tierra), o ver más cine o escuchar más música ó que le faltan unos 70 títulos claves de la literatura universal en su cabeza, no sé, cada vez que alguien ataca el arte en primera persona, como el de Santiago en su películas - o lo pordebajean - concluyo que su espectro de influencias estilísticas no es que sea muy grande, más bien reducido. Conclusión especulativa, claro está, pues nunca vamos a conocer las motivaciones profundas por las cuales alguien considera al home-video como un sub arte, una expresión menor en oposición al gran cine mayor. 

¿De qué se le acusa a Santiago Andrés Gómez? 

¿De ser demasiado autoreferencial? ¿De que salga, él, actuando en sus películas? ¿De qué haya sido el primero en Colombia en demostrar que el cine es mucho más que rodar en 35 mm o en HD? ¡¡¡ES QUE EL HOME VIDEO NO SE LO INVENTO SANTIAGO, IGNORANTE!!!!!, me decía un Javier Mejía totalmente iracundo hace poco, cuando referencié su nueva película en relación a Diario de Viaje. 

(Hoy el tiempo le dio la razón a Gómez: el cine iba a ser en video y punto. Que grabemos en un RedOne muy bien iluminado y encuadrado no quiere decir que el producto al cual se aspira se convierta automáticamente en celuloide. Video es video y hoy casi todo el cine lo es). 

La gente está muy equivocada cuando cree que una historia narrada en primera persona es una historia sincera o narcisista. Yo, que escribo casi siempre en primera persona, estoy convencido de que se miente más fácil con el YO de por medio que cuando se usa la tercera persona del singular. De hecho, cuando quiero narrar más verdaderamente, con más ´sinceridad´, nunca escribo en primera persona. En primera persona miento más fácil.  ¿Acaso no esta en decadencia la ficción y muy en alza el hyperrealismo?

 Se nota que no conocen el oficio quienes critican el YO, o simplemente usan esa valentía y vulnerabilidad del punto de vista en primera persona, para dar rienda suelta a sus ganas de humillar en público ó al menos lucirse con su falta de talento - ojo no estoy pensando en vos, Mejía-  (porque de alguna manera de eso se trata humillar: de falta de herramientas histriónicas, de la carencia de canales expresivos para exorcizar lo demoníaco de manera artística. Pienso en comunidades, cuasi primitivas, como las de los nativos de Santa Elena que lo único que tienen para ponerse ellos mismos en escena, colectivamente, es la temporada de Feria Flores y los bailes de salón adonde van a emborracharse cada 8 días).  

Así las cosas y para no ir muy lejos, cuántos escritores clásicos no han escrito en primera persona impostando personajes que no tienen nada que ver con quien narra. 

Al final, si una historia es autobiográfica o no, es irrelevante. Filmar en primera persona no es más que otro recurso perfectamente válido y muy pertinente para decir mentiras. No veo nada de sinceridad en ello. Lo importante es que sea una buena historia. De eso depende la ficción. Historia mala, sea verdad o mentiras, no alcanza el estatus de ficción. Pero como estamos, quizás, en el país más avergonzado de la tierra, nuestros criticones no le perdonan a Santiago que él sea el propio protagonista de sus películas. - Bueno, ya se sabe que nos encontramos en la mitad de una cruzada por la honorabilidad de esta sociedad acusada mundialmente de ser una sociedad mafiosa, narcotraficante y bárbara. Y ya sabemos también que la máxima aspiración de un mafioso es conseguir al menos un poco de honorabilidad, que la sociedad en general le legitime su forma de estar en el mundo, sus modos de existir. Nada raro que toda esa búsqueda de honorabilidad mafiosa gotee y se filtre hasta las capas más sutiles de la expresión criolla, como la del inútil arte de hacer películas caseras o películas en general, tan profesionales como aburridas, ´´la guerra lo transversaliza todo´´-. 

Y me permito hacer esta disgresión sobre Santiago, porque hace pocos días estuve en la casa de otro cineasta colombiano, de grandes ligas, que he atacado de alguna manera en este blog (reseña sobre LA SANGRE Y LA LLUVIA), al que siempre vi muy lejano pero que, vea usted cómo es la vida, terminamos de vecinos y caras familiares del camino. En casa de Carlos Eduardo Henao y a propósito de la próxima Muestra de Cine Colombiano en la vereda Perico, de Santa Elena, obvio caímos en el tema Santiago Andrés Gómez, no de manera tan visceral como sus otros críticos, pero hablamos igual de él, tal vez, un poco más desde la Republica del Cariño que desde las ganas de humillar. 

Y allí estábamos en casa de Henao y estaba también otro gigante como lo es Carlos César Arbeláez y estaba Mercedes Cardona y yo me sentí tan acogido y tan valorado y tan mimado que, obvio, me sentí mal por haber criticado, tan mal, (¿humillado? ¿hacer reseñas en un blog es hacerlo, insisto?) las muchas películas de este par de Carlos, en el pasado. Porque entrar a la casa de Mercedes y Carlos es como entrar a la casa de los papás cineastas que siempre quisimos tener. 

ASÍ QUE ASÍ SE ESCRIBIERON ´LA VENDEDORA DE ROSAS´ Y ´LOS COLORES DE LA MONTAÑA´, me dije cuando vi a estos ídolos apoltronados en una bella sala llena de sofás con sendos computadores portátiles frente a su narices, con una cálida amarilla luz tenue gobernándolo todo. Una puerta grande a borde de carretera como en las casas de las estrellas de Hollywood, un sendero que va de la puerta a la casa, una casa grande tipo mansión, guardando las proporciones, y un contexto de verde y árboles y de noche estrellada alrededor y de aire fresco de verano (prácticamente una auténtica noche californiana ). 

Y digo ´´papás´´ porque, a estos dos, a Mercedes y a Carlos, uno los está viendo juntos toda la vida. No porque sean mucho mayores que yo. Pero verlos juntos, después de tanto tiempo, te hace entrar en un juego de proyecciones y estabilidad, pues ¿qué pareja hoy en día dura más de 15 años?. Estando en aquella mullida sala llena de sofás y alfombras y libros de cine y cuadros de buen gusto, alcancé a pensar por un instante en tanta gente cercana con un historial de divorcios y rupturas incluyéndome yo. Viendo a Carlos y a Mercedes pensé que algo en el cine colombiano ha valido la pena, que si hay tantas películas valiosas hoy en día y con cierta cultura del guión, es porque Mercedes y Carlos han logrado estar juntos. Una reflexión sin sentido, pero que la hice igual. Una venia de admiración se derramaba con la noche. 

Y entonces, en ese clima de familiaridad y de calidez, entre arepa, chocolate y canapés, hablamos de Santiago, de lo importante que ha sido para el cine de Medellín, y yo lo ensalcé hasta donde se pudo, - como lo he ensalzado desde hace más de 20 años cuando hizo DIARIO DE VIAJE -. 

Y escuchando a Arbeláez y a Henao, y a Cardona, desatrasándonos de un montón de amigos mutuos y escuchándome a mí, de alguna manera pensé que la crítica entre cineastas también puede ser una forma de cuidarnos, de estar pendientes los unos de los otros, de estar pendientes por la tribu, de decir que nos preocupa la manada, algo mucho más que simplemente humillarnos. De pronto, a veces, y yéndonos para otros lugares, humillar es amar, amar de forma equivocada, pero amar, al fin y al cabo. Love Will Tear Us apart, dice la canción. El amor nos partirá en dos.    

Otro caso similar me pasó con el mencionado Javier Mejía, de Apocalipsur. Otro que ha decidido ser 'demasiado autoreferencial' en sus películas (¿quién no?, en estos tiempos individualistas de selfies y de prepondereancia del yo? ... García Márquez decía que había que empezar escribiendo de uno mismo y, cuando no somos lo suficientemente maestros, entonces a veces nos quedamos grabándonos a nosotros mismos para siempre) . 

Y lo cito a Javier, porque resultó ser de esos nuevas caras asiduas que me ha deparado el 2018. Igual, otro vecino, a pocos minutos de la casa donde Henao y Mercedes me supieron acoger tan bien. Javier ya hace parte de los itinerarios cotidianos del corregimiento de Santa Elena, el parque, los buses, la Placita de Flores y naturalmente terminamos intercambiando montones de ideas. Nunca pensé hace muchos años, al escribir mi crítica amañada sobre su opera prima, que íbamos a terminar de vecinos con Mejía y acaso bebiendo un par de noches juntos. Hoy somos paisajes recurrentes el uno para el otro en su casa, en el bus de la vereda o en una tienda donde quiera que haya una cerveza esperando por un paladar sediento y, vea usted, que hasta lo más de nutridas y astrales que han resultado nuestras conversaciones. Obvio, Javier como muchos, son muy queridos hasta que se toman el tercer guaro. Del cuarto guaro en adelante, hay que tenerse fino, pues es cuando empiezan a emerger esas ganas de hacer daño. Cada vez que uno de estos personajes, del mundillo, empieza a exhibir el arte de humillar en público, me pregunto, ¿quién les hizo tanto daño? ¿Por qué estamos tan quebrados por dentro? ¿Tan escindidos? ... A veces olvidamos que una cosa es cobrárselas, - todas juntas - , a los responsables de nuestra ruina interior y otra muy distinta es salir con una metralleta a dispararle a cuanto cristiano se nos cruza por el camino. Pobre, Javito: qué haría para terminar arrinconado en Santa Elena... En Santa Elena sólo terminamos acorralados los locos que necesitamos ser amansados por la fuerza magnética de una naturaleza supra selectiva. 

Pero, ¿quién iría a pensar que un detractor en su momento de Apocalipsur, como yo, iría a terminar echándole flores a la misma obra criticada, 10 años después, en medio  del paisaje montañoso que rodea a Medellín y casi que entrevistando indirectamente a su director?

 A veces falta que un famosillo se mude a tu barrio, para darte cuenta de que vos también eras su admirador y que, tal vez por eso, denostabas de su obra. También para darte cuenta de la necesidad de humillación terciaria que conllevan los rumores sobre personas que no conocés (en su tiempo, sólo conocía a Javier por ciertas amigas mutuas y, sobre todo, colegas que le tenían envidia, tal como lo escribí en su momento). Y especialmente cuando el director de turno está a la altura de su hit. Javier es un man muy distinto a como me lo habían pintao´  aquellos ciertos amigos mutuos. Javier es un señor ya, en la medianía de edad, muy respetuoso en estado sobrio, lúcido, coherente, buen conversador, con grandes ínfulas de humorista, una persona muy cálida, en general. Y ese es el precio que debemos pagar quienes hemos usado un medio como estos para esa otra forma de humillación disfrazada que es la crítica cinematográfica: que tarde o temprano terminemos hermanados con el objeto criticado. 

Bueno, hay que reincidir también en que, ya en estado ebrio y en instancias de farándulilla criolla, Javier como todos los demás nos convertimos en los mismos humilladores públicos de siempre. No voy a entrar casi en detalles. Sólo decir que Mejía, siendo un man tan bacano y cortés y accesible, también se ha llevado un puñado de buenas almas por delante. Estoy casi seguro que él ni se entera. A menudo un humillador ni se da por enterado, especialmente en los micro star-systems, donde naturalizamos todo, hasta el salvajismo y la barbarie civilizada.

De todos modos, en los primeros encuentros con Javier, lo primero que le valoré fue esa consciencia de respeto por la obra de los demás: ¨No sé como la gente va diciendo las cosas así de fácil¨. ´´Obvio, porque somos torpes, Javi´´, le dije. ´´La torpeza la llevamos en nuestro ADN. Eso demuestra todo lo que nos falta en Colombia´´. Hablaba básicamente por mí, claro, que conocí de primera mano cómo se cuidan entre ellos, muchos directores famosos de Nueva York, su grado de colegaje, pero que igual llevo años escribiendo sobre la torpeza emocional y aun sigo cayendo en ella, una y otra vez.

    Más allá de Apocalipsur, - cuyo éxito y trascendencia, sus ´críticos´nunca llegaremos ni siquiera a llegarle a los tobillos-, Javier es un gran tipo en su faceta  más íntima y casual, una buena persona,  y ahora convengo que es un error no separar la obra del artista; gesto que precisamente le exijo tanto a la gente que ha criticado a Santiago Gómez o que lee mis cosas y que creen que todo lo que escribo hace parte de un sistema de creencias o de mi lista de traumas personales y/o de una supuesta declaración de principios. 

Tal vez. O tal vez no. 

¨Si elimináramos esa clase de arte que hiere la sensibilidad de los demás, desaparecería el 70% del cine¨, dice Fernanda Solórzano en entrevista sobre su libro MISTERIOS DE LA SALA OSCURA, ¨Lastimosamente las buenas personas no hacen buenas películas¨, remata. 

¿Será?

Tal vez. Bueno, al menos un montón de cineastas creen que ser malas personas es un pre requisito. Entonces se cortan una oreja y después tratan de ser Vincent VanGogh, cuando la cosa funciona al revés: primero debes ser VanGogh y después te puedes cortar las dos orejas, si quieres.

Lo que yo sí creo, es que hacer buenas películas ayuda a que sus realizadores sean mejores personas. Con cada película un poco más. Pocos saben del tormento purificador que implica involucrarse en la producción cinematográfica, especialmente para el director, y en ese camino estamos todos. Narremos en primera o en tercera persona, cualquiera que sean nuestros recursos estilísticos, al final todos estamos siendo autobiográficos. Unos más embusteros que otros. E igual, cuando la intención es humillar, lo hacemos como una forma de auto mutilación y de destrucción propias, porque para humillar a los demás hay que aprender a humillarse a sí mismos.

Para no ir muy lejos y quedándome literalmente en el mismo círculo vicioso, escogiendo un personaje representativo de la noche medellinense, es preciso conectar a Javito con el icono de iconos en cuanto a humillación pública se refiere: Gloria, La Mona Uribe, propietaria del bar más encubiertamente gomelo de la Bella Villa y auto denominada ¨rata de alcantarilla¨, una de las mujeres más queridas y generosas en Medellín, siempre y cuando no tenga una audiencia a la cual deleitar. Cada vez que yo entraba al Guanábano, cuando todavía iba allí, y me ponía a beber con la Mona, ella terminaba dedicándome su amargura, tal como se ha jactado de dedicársela a un montón de famosillos, que nunca volvieron a ese bar por miedo a que la Mona los vuelva a volver mierda desde su tribuna: la barra del bar.

 Bueno, ahora con la sobriedad que depara el aire puro del campo, caigo en cuenta de que cualquier pretexto es bueno en los náufragos urbanos pa boletiar a la gente. Entre más abajo estás, más arriba tratás de lanzar la piedra. Del mismo modo, la Mona, está convencida de que es una especie de Gertrude Stein paisa o algo así. Sobre todo cuando están Pascual Gaviria y Juan Fernando Ospina cerca. Humillar almas en la barra, delante de sus mejores clientes, - a costa de gente que es mejor que ella pero que ella siempre intenta rebajar -, es el nuevo viejo pasatiempo preferido de ese ser oscuro, cual hobby de proxeneta regentador de un burdel muy acreditado. Ahora entiendo cuando una noche entró Johncito Jaramillo burlándose, en su cara, - y a los gritos -, de un supuesto cáncer que ella tenía. Ahora me doy cuenta a qué tipo de cáncer se refería, al peor cáncer de todos y que en Medellín muchos compartimos: ese cáncer espiritual de sabernos con el derecho de humillar público.

Me pregunto si la Mona Uribe, este caso tan representativo de canibalismo colombiano, ¿no será un caso típico de necesidad de trascendencia? Bueno, lo de ella, es un poco excepcional, el típico caso de una persona sin hijos, sin obra y sin un dios, que humilla principalmente a ciertos narradores talentosos de relevancia, que se le acercan, porque en el fondo desea que hablen de ella algún día en sus historias. 

¿No será, la forma de atacar públicamente a un narrador, un grito de auxilio? ¿Una forma desesperada de decir que necesitamos  ser relatados para poder acoger las pulsiones cósmicas del universo y su mandato de una vida un poco más llena de significado? ¿otra forma de trascender?

 Por mi experiencia como escritor de internet, me he enterado de que no falta el amigo que te odie más por NO haber escrito sobre él. Tal vez mucho más que quienes te odian por haber escrito sobre ellos. Humillar en público también puede ser otra forma de estar aterrorizados, paniqueados frente a la vida y ante el hecho de que la existencia sea tan evanescente. 

La existencia en general es vapor puro, polvo de estrellas. De suerte hemos alcanzado este estado de condensación que es muy efímero, en forma de cuerpo y a veces de relato, y debemos dar gracias a Dios por ello. El algún punto de la causalidad hemos hallado una suerte de orden para conformar una existencia que después volverá a desperdigarse. De la evanescencia venimos y a la evanescencia vamos. De ahí que también debemos aportar a la causa: la causa de generar algún tipo de condensación para el universo y el acto de humillar tiene que ver con ese acto desesperado de trascender. 

Para no seguir con la larga lista de ilustres humilladores profesionales de la ciudad, me pregunto si los ataques mutuos más sangrientos de nuestra clase política no esconden más que una necesidad reprimida y tarada de lucimiento social a costa del otro. Ante nuestra incapacidad de exorcizar lo demoníaco por canales histriónicos perfectamente válidos, optamos por la humillación y el sicariato moral. Como si invalidar al otro nos salvara de nuestro propio abismo. Sería más noble bailar y actuar, pero preferimos disparar. Aquí, el que no hace, humilla. Intenta disminuir al otro, decirle POBRE, como Isabel a los obreros en su video y como se lo he escuchado más de una vez a John Jaramillo y a La Mona Uribe y Javier Mejía, todos tres parte de un código que se repite entre los de su misma especie. Aquí en Colombia el que se lee dos o tres libros y se educó en universidades privadas hace gala de la misma tara. Y el que hace y se siente frustrado, también. No tienes hijos, ni escribes ni pintas o pintas y escribes, pero no te lo tomas en serio, entonces lees. Lees para buscar la debilidad. Lees para humillar. Lees porque es más fácil estar en la tribuna. Lees más a la gente que a los libros. Pero lees mal, porque nunca pudiste llegar a la empatía. 

Al final, todo se reduce a una pésima utilización del lenguaje. ¿Por qué somos tan torpes? ¿Por qué nos maltratamos a nosotros mismos maltratando ese vehículo precioso que son la palabras? Al final, cada vez que maltratamos a alguien con las palabras, lo que estamos haciendo es subiéndonos a un auto muy estropeado y a un auto que no es del vecino, se trata de un auto que es propio, es nuestro y de nadie más y que sólo está parqueado en nuestro garaje.

Yo que he sido un tipo hijo de la renuncia, que vengo en un escala de pérdidas de toda clase en los últimos años, tal vez las más dolorosas de mi vida:  padre muerto, mascotas muertas, amigos muertos, novias muertas, trabajos muertos, discos duros averiados con grandes proyectos personales, ex esposa muerta, cosas materiales, computadores muertos, casas muertas, etc -,  hace poco no entendía por qué mi mejor nueva amiga del 2018, de un momento a otro, me dejó de hablar sin razón aparente. Ninguna pérdida de las antes mencionadas me había dolido tanto, tal vez, por esa misma razón.  Todo iba bien y de un momento a otro, pufff: cero saludo, cero cordialidad. Luego me di cuenta que había sido por la forma en que traté de negociar un guión suyo que íbamos a rodar. El lenguaje. Tal vez lo hice de una manera demasiado uribista, demasiado con papa y yuca, ¨A la hijueputa¨, como me dijo hace poco mi mejor amiga, mi hermana del alma, y como solemos hacerlo en Antioquia y esta pelada, la del guión, siendo pura-agua-pura, una motica de algodón, se asustó con ese tono paramilitar que casi sin darme cuenta he venido interiorizando desde que volví a Colombia (para poder sobrevivir). ¨Es la forma como lo dijiste, son las formas mi querido amigo de fríjoles a mil pesitos¨, me dejó caer en una de nuestras últimas conversaciones. Y ese fue el fin. Ella que viene de una familia terrateniente, sabía qué agua la estaba mojando y quiso desmarcarse de ello. Resultado: mi corazón sangrante como hace muchos años no lo tenía. Creo que era la pelada más valiosa que había conocido desde los 90. 

- Ya tendré la oportunidad de escribir ampliamente de ese fenómeno de los hijos de familias mafiosas que quieren desmarcarse de ese linaje, en un país donde casi todos tenemos un pariente traqueto, lejano o cercano. Tuve que volverme amigo, ya viejo, de Javier Mejía, por ejemplo, para creer entender esa escena de Apocalipsur en la que un personaje se despacha contra las barrigas de los mafiosos: ¿Estaría Mejía telegrafiando un mensaje contra alguien de su clan familiar? 

Es mejor NO decir más, ya ha habido suficiente especulación en esta entrada. -  

Siguiendo con aquella misma lógica, también tenemos a quienes no necesitan sentirse demasiado ofendidos para usar la manada como artilugio de humillación. Es el caso de Oscar Campo, por ejemplo y para volver al cine. 

Estaba yo recién llegado a Cali, proveniente de Nueva York. El teacher Patiño me había introducido en sociedad. Y ¡qué sociedad! Un almuerzo laboral en Unicentro. La pesada del cine: Ramiro Arbeláez, otro que era director de Señal Colombia y cuyo nombre no recuerdo, el director del Rey también estaba, el propio Oscar y su señora esposa. Era en todo caso un combo grande de puros duros. Yo que no los conocía personalmente, estaba obnubilado. Pero igual, me había acabado de atravesar todo el campus de la Universidad del Valle en bermudas y sin medias. Los mosquitos me había devorado y me picaba hasta el alma. Por mis piernas, parecía que tuviera varicela o sarampión. Además me había doblado un tobillo, estaba gordo y desempleado y resentido por haber estado lavando baños en Estados Unidos. Nunca me había odiado a mí mismo como en aquella época. Así que llegué al almuerzo renegando interiormente de Colombia y de su trópico bestial. Una de las bellas caleñas que estaba en el almuerzo, al verme las piernas devoradas por los mosquitos, me preguntó qué me había pasado. Yo le contesté algo atacando a Cali, no sé por qué. Una cosa no tenía que ver con la otra. 

La reunión continuó. Insolentemente, en medio de la comezón y la rascadera de piernas y del dolor en el tobillo, el cual ya se había inflamado, también me puse a criticar ¨profesionlamente¨ a Señal Colombia y a Telepacífico. Patiño aterrado, con su nueva faceta de hombre respetuoso. - ¨La gente puede cambiar, la gente cambia Willie¨, me diría días después - . 

Luego, al final, después de yo alabar la obra de Oscar Campo y a Caliwood, Campo resultó diciéndome delante de todos, que nosotros los paisas éramos unos hijueputas, que teníamos a Colombia jodido y yo, claro, lo tomé a título personal. Nunca entendí su ataque, hasta hace poco, muchos años después que recordé mi ataque contra Cali, minutos antes, por el solo hecho de haber sido devorado por los mosquitos. El comentario, obviamente, al ser parte de la memoria RAM y no del disco duro de almacenamiento interior, yo lo había borrado de mis registros. Resultado: una animadversión que hasta la fecha permanece intacta.

Eso. Creo que no queda más para decir. Ya he humillado a demasiada gente en este post. 

Sólo agregar que creo que nos estamos equivocando en las formas. Y eso que somos gente de cine y el cine es pura forma. Los contenidos valen huevo. 

- REDACCIÓN NEBLINA -