julio 31, 2018

LOGRAMOS SACAR A LA GENTE DE SUS PUTAS CASAS

- REDACCIÓN NEBLINA-

Así que el lunes ya está aquí. Las mañanas ahora son menos soleadas y nubarrones en el cielo llegan con sus presagios invernales. Todo vuelve a la normalidad, si es que acaso hubo algo de excepcionalidad en Santa.

¿Acaso el Día de los Sancochos no es un paisaje habitual? Ojalá que no.

En cualquier caso, la mayoría pudo volver a sus casas, a pesar de la rasca (¿pudimos?) y ya vendrá el otro fin de semana para buscar cualquier pretexto y levantar así los espíritus (en mi caso, ya vendrá el próximo verano, el próximo diciembre).

Para el entorno, alguien también se inventó el pretexto de una MUESTRA DE CINE COLOMBIANO, en la vereda Perico, para generar esa ficción celebratoria de pasarla bien, acaso un poco relajados lejos del jolgorio de feria, y de alguna manera funcionó. Aunque, como era de preverse (teniendo en cuenta nuestro pintoresco tropicalismo) la muestra resultó siendo un desastre logístico, más allá del triunfo social. Pero funcionó, insisto.

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Las películas, que iba a mandar Mincultura, nunca llegaron, el cacareado salón de proyecciones de la Junta de Acción Comunal no contó con voluntad política de préstamo, y hubo profundas decepciones de la comunidad infantil al no poder ver El Mundo de Lila, por ejemplo.

Sin embargo, los organizadores se sobrepusieron e hicieron la de MacGiver: abrir trocha con un cortaúñas.

El evento logró algo, que en Santa Elena es casi un milagro: hacer que la gente deje a YouTube y a Netflix, y a sus vehículos particulares, y a sus huertas, y a sus jardines y a sus reparaciones de fin de semana, y que fueran  en dos patas a la esquina, a curiosear lo que estaba pasando en términos cinematográficos. Primer triunfo. En Santa Elena, lo único que anima a la gente a salir de sus encierros es una alacena y una nevera vacías y la natural impulsividad por el consumismo, el frío insoportable de las catacumbas y las ganas de loliar entre las multitudes de lugareños, - cuando las hay en cada jornada de aguardiente y chicharrón - .

Bueno, no eran precisamente las masas de gente las que se asomaron por la Muestra, pero sí eran pequeños grupos en cada proyección que expresaron, con el gesto, la necesidad apremiante de que haya en el corregimiento (¿mejor en cada vereda?) un teatro, ojalá mullido, con un cine distinto al que puedes conseguir en internet, (así sea ese cine colombiano con toda su carga de tonalidades que poco queremos ver reflejadas).

- O sea: cine de actualidad y que difiera también al cine de las carteleras - .

Los asistentes a la muestra, nos tuvimos que conformar, entonces, con un salón subterráneo en un siniestro colegio de vereda.

Para poder llegar a sentarnos en aquellas incómodas sillas rimax,  (y experimentar la helada proyección castiga-oídos) , había que sortear a un amable vigilante y a unas rejas y a unos candados y a unas escaleras. Simpático: en un corregimiento donde la mayoría se relaja con los espacios y hasta dejan las puertas de sus casas abiertas, tuvimos que ver cine al mejor estilo del miedo urbano: encerrados, confinados, en una especie de iglesia académica donde la entrada es gratis y la salida vemos.

Y LA GENTE COPIÓ 

Intuyo que muchas de las personas que se asomaron por el lugar, lo hicieron por las mismas razones por las que lo hice yo: número uno, por ver en qué estaba el cine colombiano, cuál era su presente. Y la noticia es que nada ha cambiado.

De todas la películas anunciadas, me había visto La Mujer del Animal y Eso Que llaman Amor. De alguna manera, albergaba la esperanza de que los otros títulos ofrecieran otros registros, de pronto un cine menos convencional, algunas ficciones que jugaran más con el documental o con el punto de vista en primera persona y con las propiedades plásticas del video. De un tiempo para acá considero que ese tipo de cine se necesita más, (o al menos, el cine que yo necesito ver más), ante la perspectiva de que toda ficción es un juego cada vez menos convincente. Todavía en Colombia no hay una masa crítica de cine y tal vez nunca la habrá, pero, por favor, ya no somos tan inocentes. Si vas a meterme una mentira, por favor dótala con cierta sensación de realidad. Fernanda Solórzano dixit: ´´Hacemos un pacto con la ficción, dejamos que nos engañe, siempre y cuando, nos engañe bien´´.



De esto se trata el juego del cine y de casi todo en la vida (la religión, el amor mismo y hasta la política), se trata de que nos echen el carretazo y nos conquisten y nos seduzcan. Si la mentira falla, que al menos quede la alternativa de una mentira cara, una mentira a la que se le hayan invertido millones de dólares.

 Sin embargo, ya somos legión quienes perseguimos realidad, quizás un poco de honestidad, y cuando digo realidad no hablo de aburridos documentales (aunque también). Hablo de ser menos acartonados, más under, más lúdicos, más un cine artesanal y ojalá hecho en casa, algo que huela a estofado, a recursividad, a cámara de celular más que a pretenciosidad intelectual y a fanfarronería cinéfila de alta definición  (el cine empezó como atracción de circo y así ha de terminar). No puedes aspirar a una industria si no tienes el billete de Misión Imposible 6 y Colombia está muy lejos de ello. Eso ya lo saben incluso hasta los países ricos que filman por fuera de Hollywood.

Y con esa convicción fui a desatrasarme de cine colombiano (tantas películas al año y acaso me veo una cada 6 meses): con la esperanza de ver un tipo de cine que no muestre a un autor tan distanciado de sus relatos y, en cambio, sí un autor que se involucre más, un tipo de películas más narcisistas, más honestas y sinceras ( perdón por el carácter sesentero del término ´sinceras´).

Necesitamos más preponderancia del Yo en la dramaturgia y menos en las conversaciones de la vida real. Necesitamos más directores de cine que digan: Este soy yo y esta es mi historia ó una historia de la que fui testigo. No necesitamos más esos directores con la actitud Voy-a-contarles-una-historia-de-aquel-que-va-por-la-otra-acera-y-que-apenas-conozco, y la cuento porque soy omnipoderoso.

Pero nada de ello hubo. Quizás lo más parecido a verosimilitud fue el fresco cuasi costumbrista de Los Nadie, película de la que pude escuchar voces extremas como, ´Ahora ya me caen bien los punks´,  o:  ´no es mi tipo de historia, me pareció muy oscura la atmósfera de la película´.

En lo personal, creo que Los Nadie logra su objetivo. Pero sigue siendo ficción prefabricada, ficción de bichos raros para asombrar los paladares exquisitos de Europa. ´Mira qué simpáticos estos especímenes suramericanos´, ´démosle un premio, paguemos sus tickets de avión para que vengan a exhibirse´.

En aras de la diversidad, los directores colombianos se están quedando sin exotismos para meter en sus clásicos empaques de estructuras dramáticas tradicionales y así poder viajar a festivales.

No es una película sobre gente normal Los Nadie. Bueno, al menos son gente sus protagonistas. Es una película de marginales naturalizados, ¿les suena La Vendedora de Rosas? El hecho de que hayan ido a festivales importantes les avala un montón. Tanto a la primera cita antes mencionada, como a la segunda. Y en ese sentido muchos seguimos esperando que los nuevos cineastas como Sebastián Mesa nos vuelen la cabeza con algo filosófico en los foros posteriores al film, algo más jugado.

  Algo de más show, por favor, cineastas. Ustedes no son los propios actores de sus tramas, pero el siglo sí espera que sean los protagonistas de sus fábulas .

¿QUIÉN QUIERE SER NORMAL? ... MINCULTURA SÍ.

¿Podemos aspirar a la normalidad en nuestro cine?

Qué película lo es.

Uno que se cree rockstar, más que cineasta, y que cree y se merece que Colombia sea como Cannes y que Santa Elena sea un Muholland Drive, se dejó caer a destiempo por la muestra y lo primero que preguntó fue que si Los Nadie se parecía a Apocalipsur, como le habían murmurado. Relajado, lo tranquilicé y le dije que ´para nada´, que Apocalipsur era ´´una película de gente normal´´. Entonces brindamos con la periodista Janeth Guerrero en la tienda más cercana, Pilsen y Aguila de por medio, y luego nos fuimos Mejía y yo a su casa y terminamos nuestra propia MUESTRA con un cine colombiano más orgánico y autoreferencial. Javier me mostró algunos materiales refrigerados en su computador, aun en la sombra del proceso audiovisual, varios de ellos escriturados en el software de edición y grabados en video minidv.

Total, que mi sed de realismo honesto se vio más o menos saciado al mejor estilo de mis grandes héroes (Joe Swanberg, Jose Miguel Restrepo ´Joche´, Oscar Campo, Santiago Andrés Gómez, Ken Loach, Herzog - hágame el favor, nada más y nada menos-, Alberto Fuguet, Andrew Bujalski, Camilo Uribe, por citar sólo unos cuantos de los que hicieron grandes relatos en video, con un punto de vista muy personal)  y así terminó LA MUESTRA DE CINE COLOMBIANO EN PERICO, ENVIGADO y así doy yo por clausurado mi verano personal, chuleando las dos juergas que tenía planeado meterme y que desde diciembre no me metía: hasta al amanecer.

Si alguien estaba interesado en que no funcionará LA MUESTRA, alguna suerte de dios todo poderoso, o algo así, su mala noticia es que la muestra sí funcionó. Camilo Valencia, el proyeccionista, hizo todo tipo de peripecias para cumplirle a las 15 personas que fueron a cada proyección en los primeros dos días y hasta el vigilante del colegio fungió como proyeccionista en el último día de LA MUESTRA.

Tal como dijo Valencia, ´Logramos sacar a la gente de sus putas casas´, en estas  zonas rurales que la gente de ciudad elige básicamente para encerrarse y para ver la vida a través de la ventanilla del carro.

- Además, por ejemplo, yo no lo conocía a usted y a mí me conoció un montón de gente bacana, que no me conocía.

-  Exacto. Generamos el mejor de los espacios de convivencia, algo abierto y sin necesidad de bailar con música a todo volumen, sino conversando.

Por lo menos nos vimos las caras, en tiempos donde el cine tiende a aislar a la gente más que a, por lo menos, a propiciar que se saluden en la fila.

Y vea usted, hasta con Mercedes Cardona, Carlos Henao, Javier Mejía y con Carlos César Arbeláez logramos proyectarnos en el futuro, haciendo algo juntos, al menos un sancocho, cuando hace muchos años yo había decidido que mi camino iría  por un rumbo muy separado al de la gente del cine colombiano.  Nunca me vi ni siquiera de amigo de los pesos pesados del cine criollo.

Imagínese usted cómo sería un festival de cine de verdad, en Santa Elena, con toda esa gente valiosa que se ha venido a vivir por acá... 

Lástima que sea el lastimoso Mincultura el que tenga que lanzar este tipo de iniciativas.

Feliz invierno se les desea.