agosto 10, 2013

Mi Cali bella, mi Cali hermosa

Porque cuando quiso despertar, la ciudad ya no estaba ahí. Lo que estaba, lo que queda, son cinturones de miseria desbordando lo poco de civilizado en nuestros entornos urbanos. Es la venganza de los pobres. Nos están saliendo hasta en la sopa. La miseria campea a las puertas del cielo, Cali, la sucursal.  
Te das vuelta en la fila del multiplex estrato 6 y quedas cara a cara con un sicario que compartirá primera fila con vos.  

 Todo un holocausto de sangre, y de muertos, que ningunos Juegos Mundiales ni campeonatos de salsa podrán parar, ruedan loma abajo hacia el centro administrativo de la gran metrópoli latinoamericana. 

A Cali se lo llevó el diablo, como al resto de la ciudades colombianas. Igual en Medellín y en Bogotá. (Sí, ya sé que en el resto de L.A. es igual, es mal de muchos). 

Las cogió la tarde a las ciudades secundarias de este platanal. 

Este país le quedó grande al que sea. Pueden venir los alemanes o los chinos o los japoneses. A todos les queda grande. Nadie puede contra el marasmo de nihilismo, humor negro y desprecio por la vida en este rincón de la tierra.

 Y mucho menos, por mucho que se quisiera, tampoco habrá cine rodado por estos lados, que pueda redimirnos.