julio 22, 2013

Nadie, de Santiago Gómez

Comentábamos con unos colegas de tertulia vespertina, ayer domingo, que aquí en Colombia nos dejamos descrestar intelectualmente por cualquier cubo de hielo derretido. 

Que este es el país donde cualquier bobo con juguete propio se para de cabezas y ya la provinciana institucionalidad cae desmayada del éxtasis, porque uno de sus honorables miembros de castas rayó las paredes. 


Para la muestra tenemos ya nuestros clásicos William Ospina, Ricardo Silva Romero, Daniel Samper Pizano, Antonio Caballero, Héctor Abad Faciolince y para, el caso local, nuestro nunca lo suficientemente ponderado Pascual Gaviria, clase de personajes que de alguna manera se auto adjudican sospechosamente la misteriosa misión de repartir juego en la zona mediocampista. (También comentábamos que, por ejemplo en Estados Unidos, el más chichipato entre los escritores más chichipatos, le pone la pata al mejor escritor del mundillo criollo).


Por la misma línea, de niños troncos con un papá dispuesto a comprarle balón y, si es necesario, cancha y equipo de fútbol, entero, tenemos a Santiago Andrés Gómez, uno de tantos videastas que a sus 25 años fueron inmortales con un rapto de iluminación estacional, pero que hoy creen haber tocado las puertas del cielo artístico por el solo hecho de reteñir sus borradores infantiles ante la inminente premura de que nunca dejarán de serlo.


 Sí, ese es otro rasgo de nuestra anémica intelectualidad bananera, especialmente en el cine: creemos tapar la falta de ideas claras con bazofia discursiva y, lo mejor, para vorágines conceptuales la tribuna de Oriente ya no da más abasto. Sur y norte engoriladas por los psicotrópicos, no entienden, les da lo mismo, ese rumor sordo, esa música de fondo, pues ya ellos tienen sus cánticos. ¿Alta? Bueno, no es un secreto que allí se parquean los narradores deportivos, en preferencia, tienen acceso VIP, los mejores empuja buses, bobos útiles, del continente.


Bueno, no debemos olvidar que este globo había sido inflado por un cura, el cura Luis Alberto Álvarez, uno que sabía bastante de mechas impregnadas con alcohol y que le alcanzó la vida para ver despegar a Santiago y para verlo sobre volar el parque del Periodista con muy mareadoras consecuencias.


Pero no le alcanzó la vida a nuestro cura más solapa, para ver caer a Gómez después de su borondo, convertido en un completo guiñapo de restos de naufragio.


Es para este blog lamentable tener que anunciar que otro ángel caído agoniza en el fango de su propia pólvora mojada. 


¿Qué pasó? ¿Por qué tuvo que ser así? Si la primera y, a mi modo de ver, única película de Santiago, Diario de Viaje, es también la única oda de resonancias rockeras, colombiana, que a uno no le da pena-ajena repetirse (en estos días veraniegos traté de repetirme Apocalipsur y la vergüenza no me dejó. Mi esposa que la había visto extasiada una primera vez, me dijo: ´yo no me había dado cuenta de que esa película era tan deficiente´).


Bueno, pero la vida sigue y seguimos cometiendo video con obras como ésta: