mayo 21, 2013

Nunca había sido tan peligroso ser joven en Medellín


Siempre en conflicto con los cinastas que se ponen a filmar sobre el conflicto. Ese soy yo. Sobre todo cuando esos cineastas están cómodamente apoltronados en las ciudades, en las universidades, deseosos de seguir engullendo del cadáver de la guerra. En la guerra hay plata y eso lo saben mucho en las esferas donde el verdadero arte es vivir del cuento. 

La pregunta es, siempre lo será, ¿qué tan autorizados estamos de filmar la guerra quienes no somos víctimas? No mucho creo yo. Y sigo repitiendo lo que les he dicho a tantos cineastas en este país:

 ¿quién te va a creer a vos tu preocupación por las minas quiebrapatas desde aquí, sentado en Carlos E. Resptrepo? 

¡O sobre el despojo de tierras desde aquí, sentado cómodamente en un Juan Váldez cuando ni siquiera has visto un desplazado de este lado del del parabrisas!

Bueno, siempre he críticado eso. Odio ese cine, porque conozco a muchos de los cineastas que filman el posconflicto solo por captar subvenciones, muchas de esas películas famosas ahora.

Otra cosa, es cuando la guerra la filman sus víctimas - no me vengas ahora con el cuentico de que ´´aquí todos somos víctimas´´- o gente tocada por el tema.

 Ahora, nunca lo pensé, yo soy uno de ésos. En los últimos 10 meses he visto caer 4 de mis alumnos. Todos violentamente. 

Sí, aquí, en Medellín. En pleno 2013, en la ciudad más innovadora del mundo.

 Ni siquiera en los 80 de Pablo Escobar, los jóvenes habían estado más amenazados, más vulnerables, que en este marco de secuelas, legado de las administraciones Fajardo y Salazar.

Ahí tenemos esta ciudad invivible, fruto de sus vanidades.

Tal vez por eso me animo a contar historias como las de este video (una historia vergonzosa si en este país existiera tal noción y si todo no lo volviéramos un circo juan-fernando-mosqueriano), mientras edito otros dos documentales sobre el tema, de una generación de jóvenes actuales, totalmente abandonados a su suerte.