diciembre 29, 2012

Hogar no hay. Camino de vuelta sí.


Estados Unidos está solo. Europa no. Estados Unidos lo sabe: siempre ha estado solo y solo morirá, pues todos morimos solos. 

El que come solo, muere solo, dice Europa. 

Y Europa está arruinado. 

La morronguería de ocultarse en la pandilla, el pandillerismo. Es el viejo continente que siempre tiende a la manada, al refugio del colectivo, pero está arruinado y el panorama no pinta bien.

 Estados Unidos, en cambio, no tiene un grupo al cual regresar, aunque siempre tiende a ello: a regresar a casa. Pero la casa siempre está vacía. O está en llamas. O no está. Simplemente hay que construirla. 

O sea: regresar todo el tiempo a una casa que no existe, pero hay que hacerla. Y/o peor: defenderla. Defender una casa que ni siquiera se ha hecho y a un panorama que tampoco pinta nada bien, pero la diferencia es que Estados Unidos siempre lo ha sabido: sí, el panorama tampoco pinta nada bien.

Por eso hacemos tanta fábula apocalíptica. Porque siempre hemos sabido para donde va esto. 

Por eso tanta histeria estacional de pos bomba nuclear, o pos aliens, o pos lo que sea. Porque en últimas, todos contra todos.

Pero, nosotros, en la de nosotros: solos vinimos y solos nos vamos y solos siempre volvemos, pues  hogar no hay. Camino de vuelta sí. 

Es el mito del eterno retorno del vaquero andando a solas por la pradera y llegando como forastero a un pueblo que termina rendido a sus pies. 

El vaquero que una vez fue expulsado del catolicismo recalcitrante de la vieja Europa y vino a América a seguir siendo expulsado de su propio hogar en llamas. 

Aquí dos series más, dos de tantas, que se ven ahora en la TV gringa, dos de lo más granado de la histeria estacional apocalíptica.