diciembre 19, 2011

El 2011 y la máquina de hacer pájaros

¿Fue un buen año? o no lo fue.


No estoy seguro, tal vez, se dieron timonazos, se arriesgó, se aprendió y sigo escribiendo en primera persona, pues me parece demasiado hipócrita ese vicio, propio y ajeno, de usar al cine o los libros so pretexto de analizar a un autor, cuando en realidad lo que se quiere es hablar de sí mismo.


 Entonces, hablemos a calzón quitao´: un blog es una bitácora y una bitácora es una ruta de viaje, revestido o no.


Un blog es un diario y un diario escasamente lo escriben varias personas, porque ya conocemos la condición humana: cada vez más independientes.


Cada vez más solitarios, imposibilitados para el trabajo en grupo.


De eso se trata el acto de navegar, ¿no? De estar vos solo, frente a un computador, haciendo el solitario.


 Nadie puede venir a lavarse los dientes por vos. Nada raro que dentro de poco empiecen a ganar premios esas películas hechas por un solo autor o que se invente la máquina mágica, como lo sueña Woody Allen, en la que sólo se tenga que meter un guión, como quién mete una moneda a un dispensador de capuccinos, y salga tu diseño tal como lo planeaste.


De tu cabeza al DVD. Fácil. Sin tener que rodar ni editar.


Entonces, desde los espacios creados por un año borde, terminal, fronterizo, (en el que me di el lujo de dejar ese escampadero de perdedores en el que se ha convertido la docencia universitaria), pude dedicarme a un viejo sueño: hacer empresa, entre-casa.


Y aparecieron ángeles. Se salió adelante con el sueño, aunque en rigor el sueño por momentos se convierte en pesadilla, especialmente en esta coyuntura en la que todos creemos saber de medios y específicamente de video.


Y es como en todo: el cliente entre más chichipato, tacaño, cutre e ignorante, más jode. 

El cliente cuando sabe y tiene kilometraje deja trabajar.


Pero es que el video despierta pasiones. Es una de las profesiones menos funcionales que hay.


La gente del común (me refiero a los clientes inexpertos), en vez de usar la herramienta video para comunicarse, lo usan para adornar, como quien arma un arbolito de navidad. 

Y es que, la gente del común, se cree la menos común de las gentes cuando se sientan frente un computador con un software abierto y un editor al lado.

Y cuando uno se siente excepcional, cree que su gusto personal es el único que vale, por encima de todas las consideraciones objetivas.


Bueno, y supongo que es allí donde estriba el encanto.

Aparte, alcanzó el tiempo entre plano y plano para montar negocio de películas, accidentarme, mudarme tres veces, criar perros, dictar talleres relámpagos de algo que nunca pensé que me iba a dar para pagar al menos un mes de renta, o sea: la literatura. 

Motivar a la gente a escribir, y enseñarle un par de trucos, fue algo que nunca se me pasó por la cabeza que pudiera ocurrir. Mucho menos ser jurado de un concurso de periodismo ni de nada.

Por ahí me había ilusionado dictar alguna conferencia, pero nunca ser jurado, y no porque no me hubiera sentido preparado para eso. Sino porque desde hace años tengo el foco puesto en la otra cara de la moneda: en la de la esctricta creación.  

Esta vez tocó escribir, en un acta, quién sí y quién no, y por qué. Y la pasé bien. Pero ese es otro asunto muy distinto a lo que he venido haciendo este siglo, que es crear. Ni siquiera narrar.

Deliberar en un concurso de relatos es pontificar, tirar línea,  intrigar. 

Total, fue un buen año.


En ese sentido fue un buen año. En hacer los primeros pinitos con la institucionalidad, cuando la había menospreciado en los últimos 15 años. 

De acuerdo, todavía sigo pensando que no hay nada más loser, para un cineasta en potencia, que hacer institucionales y dedicarse al networking, la antesala, el lobby (tengo una cantidad de espejos horribles, entre algunos comunicadores absolutamente faltos de talento, que basan su éxito en las RRPP).


Pero debo ser agradecido: me abrieron puertas improntas locales, importantes. 


Pude dejar la puta docencia y no precisamente para ponerme a grabar primeras comuniones. (Aunque me parecen pertinentes también, por la pasta)


¿Seguirá igual el 2012? Lo más probable es que sí, y los años subsiguientes, hasta que me gane la lotería esa de las becas o un premio de 150.000 dólares. 


Quizás toque volver a vender confites en los buses, perdón, a ¨enseñar¨; quizás habrá que hacer una maestría para terminar mis días maestriando: o sea, vendiendo confites en los buses, pero con un cheque de 5 millones de pesos cada mes en la cuenta. 


¿Qué tal el viejo sueño ese de todos de montar un bar? Naahh, de pronto hasta cybercafé le llego. Pero un bar... naaaah. 


En cualquier caso, tengo varios ases debajo la manga que no voy a contar aquí.


Mientras tanto, cada vez me siento más cerca. 


Hacer corrección de color es lo máximo y lástima que la producción de video a niveles industriales deje tan poco margen para jugar con ello, por el tema de los tiempos. 


Hay tantas cosas que se pueden hacer con la tecnología digital hoy en día: pero con tiempo.


Por eso posteo aquí, no el mejor de mis videos este año, pero sí el que más me permitió jugar.


Pongo un corte del productor, el del cliente, pero luego subo mi corte personal, el que me fue rechazado en mi primera instancia y el que me quedó con más vuelo todavía.