julio 18, 2011

ROMA, de Adolfo Aristaraín. Fotogramas, utopía y verso

Ver una película de Adolfo Aristaraín es sufrir una mutación frankistereana de 637 fases.

Antes del primer punto de giro, vos te estás diciendo que el tipo es un cursi y un melodramático en el exilio.

Luego, no podés entender tanto exhibicionismo de costumbres exquisitas y de declaraciones de principios y lo odias, por aburguesado de izquierda, con sus predilecciones por la cultura vinícola y  por esas posudas aficiones de librería rancia hacia Coltrain y Brahms .

Inevitable pensar en todos esos mamertos de tu país que, cuando llegan al poder, se convierten en los más corruptos y segregacionistas y amigueros, y rosqueros a la vez.

Cuando menos pensás, al minuto 50 más o menos, estás recitando frases de Bertolt Bretch, junto a sus personajes, y apuntando discursos enteros de Beckett, que Aristaraín muy bien ha sabido reciclar.

Al final, terminás de llanto corrido celebrando la profundidad de las verdades eternas (en piyama y entre cobijas, frente a la chimenea y con un vaso de guaro en las manos)  que películas como Martín Hache, Un lugar en el Mundo y Roma, tan divinamente han sabido filmar y descubrir para vos, así estemos atestiguando un tiempo de final de las utopías y muy a pesar del pesado de Aristaraín también.