junio 16, 2011

Henry Piscinas estuvo por aquí

No suelo describir argumentos de películas aquí. No al menos con palabras.

Me parece lo más tonto que tienen las reseñas cinematográficas cuando se hacen a la vieja usanza.

Sin embargo, en este caso sí me voy a tomar la molestia. Lo amerita.

Tenemos a un gringo muy tranquilo en su nueva casa, por la cual ha pagado un precio alto, sin barequiar.

Dos rasgos de la cultura cristiana protestante, por excelencia: pagar lo que es y no pedir rebajas.

De repente llega una mexicana super católica, su vecina, mostrándose muy servicial, pero muy invasora también. Se mete al patio de su propiedad (privada), se muestra conversadora y ahí se acaba de completar la metáfora.

Se capta, ¿No? Mexicanos, invasores, gringos, la casa...

Hay un tercer elemento de una épica cuasi Wimweresca. Se trata de una niña que todo lo graba y que sirve para reafirmar la trama en el contexto de esa bella clase media norteamericana, cuya afición por dejar sus huellas, a través de los mass media, le ha hecho tanto bien al mundo. Lo digo de corazón.

No es sarcasmo: hay que grabar, registrarlo todo, ojalá en el cine. En la mitología Wenders, cualquier aparato, que grabe y transmita, sirve para representar el séptimo arte.

Hay que verla. Eso es lo que tengo para escribir. Henry Pool (e), como su nombre lo indica, es una fábula sobre recuperar los días de la infancia para que los milagros puedan ocurrir y sin tener que apelar a discursos sociales, ni políticos ni económicos.

Pero sobre todo, Henry Piscinas es una cinta sobre el color azul-piscina.

O sea. El azul ese mismo del vestido de Superman que tanto simboliza a nuestros días más tiernos.

Un simbolismo que tanto podrían recuperar los gringos en la convergencia del sincretismo religioso, pero que tanto se difumina en sus apologías al protestantismo mismo.