abril 13, 2011

¡Mueva el tarro, mueva el tarro!

La primera vez que vi una película de Jean Rouch, tuve arcadas. Había una escena de negros pelando un perro y haciendo sopa de cabeza canina en un plano secuencia, sin cortes.

No es que me preocupara demasiado el maltrato animal ni la propaganda occidental. Solo se veía mal. Punto.

Aplaudí, luego, cuando me dí cuenta de que a Rouch no lo querían ni los antropólogos por farandulero, ni la comunidad del cine por mamerto.

Hoy parece que la historia le ha dado un pequeño lugar, pero muy ínfimo.

En todo caso podemos respirar tranquilos pues el cine de Jean Rouch no es precisamente ese tipo de productos que se pueden comprar en los semáforos o en las aceras del centro, como los Colores de la Montaña, por ejemplo.

Sin embargo, yo nunca me descuido. Cada semestre, sagradamente, me encargo de mostrarle una película de Jean Rouch a mis alumnos para indicarles lo que precisamente nunca se debe hacer en los documentales.