marzo 11, 2011

Prescindiendo de los mismos ilustres desconocidos de siempre

Lo que gusta de esta película es que es una película jugada, decidida, toma riesgos.

Sin esas poses del arte respetuoso, dizque de ¨enfoque neutro¨ y ¨punto de vista objetivo¨, conceptos históricamente comprobados como inexistentes en la condición humana y, sobre todo, en el arte de narrar.

Y es que, un poco hartos de esa pose intelectualóide de que el arte no debe buscar culpables, se agradece que un cineasta colombiano se case radicalmente con sus convicciones, cuando de hablar del conflicto se trata, sin miedo, por ejemplo, a que los paracos de RCN no le vayan a ayudar con las limosnas para la distribución y la promoción del producto.

Además de eso, es una película con mucha música, hecha para estimular los sentidos a través de ciertos guiños al arte kitsch tanto como al arte pop y a Juan Rulfo y sus muertitos.

Bien por Retratos en un mar de mentiras, una película que se defiende a sí misma y no necesita poner de escuderos a los mismos ilustres desconocidos del cine criollo, sospechosos de siempre.

Logra emocionarte sin hacerte pensar demasiado - qué pereza ir a cine para que lo pongan a pensar a uno - y, encima, te muestra todo lo que el viento se llevó en nuestra bella nación.

Como residuos en el cucurucho de la banana split, vale la pena anotar que la escena de la protagonista, llorando en medio de un recuerdo, alberga dimensiones épicas casi al borde del éxtasis total.

¿Tal vez una de las escenas más bellas que yo haya visto?

Sí. Con mayúsculas.