septiembre 12, 2010

La vida de los peces

Cómo me gustaría postear todos los días un trailer de una película así. Un trailer de una película, jueputa, que te hace sentir que estás vivo. Una cinta, en todo caso, que te dan ganas de saltar de inmediato a la calle, buscar el club de los expropiados emocionales y abrazar a  todos los socios,  (que ya se cuentan por millones); besarlas a ellas también y tomarte una botella de ron al lado de tu futuro y de tu presente, pero, sobre todo, a la salud de tu pasado.

No soy de los que creo que ya se pueda hablar de una estética del cine latinoamericano, empezando porque aun es muy tímido. Pero, sí me atrevo a entender cuando Fuguet dice que hay un nuevo cine chileno y creo que, ya captada la tonada, por ahí debería ser toda la onda y esparcirla desde la Patagonia hasta México. Hablar en nombre de los que creemos que no basta con poseer el título de unas tierras y haberlas llenado de historias. A una tierra, una ciudad, una casa, hay que poseerlas de verdad y, cuando dejan de pertenecerte, qué más da. Solo darte media y vuelta y seguir tu camino.

La vida de los Peces es una cinta que se la juega toda con los Planos de Busto y, a veces, con los medios. Es una historia de interiores. Muy Woody Allen. De lo que pasa adentro, en la república independiente de los afectos. No hay planos muy abiertos porque sería hacer foco en lo de afuera y, lo de afuera, ya sabemos lo que termina siendo a la hora de los balances.

La pregunta cumbre, de bárbaras resonancias, es hasta dónde somos habitantes de un lugar y dónde empieza lo turístico; cuándo dejamos de ser turistas los que nos hemos ido y los que hemos vuelto; cuántos años tienen que pasar; qué tipo de vida se tiene que vivir para que un país deje de ser un simple souvenir y se convierta en una pieza de uso. Países funcionales vs países turísticos, he ahí la cuestión.

Turista en su propia casa, debería ser el otro título de esta obra.