octubre 07, 2008

No soy esa clase de judío que entra amablemente a su cámara de gas


Sexo, mentiras y cine independiente
Por, FEDERICO MARÍN BELLÓN
En «Moteros tranquilos, toros salvajes», Peter Biskind ya dejó en su sitio a la pandilla de jóvenes cineastas que conformaron el Nuevo Hollywood en los setenta, «influidos por las drogas, el cine europeo y el movimiento pacifista». El autor se saca ahora todo el veneno que le quedaba dentro en esta continuación, aún más amarga, «protagonizada» por Robert Redford y el festival alternativo de Sundance. Su pareja de baile son los poderosos hermanos Weinstein, dueños de la productora y distribuidora Miramax. El príncipe azul del cuento, e inspirador del título, es Steven Soderbergh, cuya primera película es considerada por Biskind como el big bang del movimiento.
En «Sexo, mentiras y Hollywood» (Anagrama) se cuenta que Redford es alguien «aferrado a los rencores, como un hombre a punto de ahogarse». Ojalá los hijos de Harvey (Robert no tiene ese problema) pudieran leer algo así sobre su padre. Lo más suave que se dice de los Weinstein es que «se los conoce por su malicia y brutalidad». Los fundadores de Miramax no tienen nada que reprocharse entre sí. Como dice un antiguo ejecutivo, «Harvey es el ego; Bob, la codicia».
Procedentes del mundo del rock, los hermanos no apostaron por el cine independiente iluminados por una revelación. «Simplemente sabíamos lo que no podíamos permitirnos». El vídeo había aniquilado el cine extranjero, porque la gente no quería leer subtítulos, y las empresas necesitaban llenar sus estantes. «Cualquier cosa con dos agujeros para meter en el vídeo valía dinero».
La clase versus la basura
A Robert Redford se le reconocen más virtudes («es la clase versus la basura»). Supo comprender que los directores más creativos estaban excluidos del sistema y se decidió a ayudarlos. Aquí no hay lugar para la avaricia, aunque sí para el robo de ideas y de protagonismo. El alma de Sundance tiene su lado oscuro y, al parecer, es capaz de apropiarse de cualquier proyecto que le atraiga. Por otro lado, las tierras semisalvajes que compró en Utah fracasaron como estación de esquí. La desesperación fue la madre de aquella aventura, a lo Jeremiah Johnson.
El problema principal del amigo de Paul Newman es que siempre fue un imán para el dinero y, desde el principio, su instituto dependió de él para recaudarlo, algo que no supondría ningún inconveniente si al divo no le resultara tan humillante pasar la gorra. Hay todo un capítulo dedicado a explicar «de cómo Robert Redford incubó su instituto pero volvió locos a sus polluelos hasta que «Sexo, mentiras y cintas de vídeo» salvó al festival que nunca quiso y lanzó a Miramax a la conquista del mundo». Respiren, que viene lo mejor.
Resulta que los Weinstein salieron adelante comprando cine X europeo y recortando algunos detalles para que el público americano pudiera digerirlo. Aquella costumbre caló y se hizo extensiva a filmes de calidad del viejo continente, como «Cinema Paradiso» y «Pelle el conquistador», hasta que alguien se inventó el mote de Harvey Manostijeras. Otra costumbre de los Weinstein era vender a toda costa, por la vía sensacionalista, sin tener en cuenta el contenido real de las películas (sus manejos para asegurarse el Oscar merecerían otro artículo entero). De «Sexo, mentiras y cintas de vídeo» hicieron creer que era una recopilación porno. Más rebuscado fue el modo de lanzar la cinta brasileña «Eréndida». Basada en un texto de García Márquez, a quien el Gobierno estadounidense había denegado el visado, y con un pivón en el reparto, el asunto era sencillo. Se organizó un escándalo político con el Nobel colombiano y no fue muy caro convencer a Claudia Ohana que aireara sus curvas en «Playbloy». El filón se declaró inaugurado. Así, «Pelle el conquistador», sosegado drama danés, se vendió en los multicines como una película de acción.
Patanes y ordinarios
Menos cómico resulta el modo en que los Weinstein trataban a su plantilla. Joe Mankiewicz, hijo del director de «Eva al desnudo», los describe como «patanes, ordinarios bárbaros de Búfalo, que no tenían la menor aptitud para el cine». Añade que «ni el infierno tiene la furia de un Weinstein desdeñado. Harvey se parece a Mike Tyson cuando se abalanzaba sobre el adversario en cuanto sonaba la campana y todo el mundo dejaba de respirar pensando que iba a triturarlo. Nunca conocí a nadie con esa intensidad tan animal». Ni una sola trabajadora (y muchos hombres) se salvó de acabar llorando ante alguna bronca. Harvey no escondía su personalidad: «No soy la clase de judío que entra muy educadamente en la cámara de gas. Yo soy de los que dicen: «Voy a dar contigo y voy a matarte, jodido SS; voy a matarte a ti y a toda tu familia»».
Amy Heart, coordinadora de marketing de Miramax durante dos años, lo corrobora: «Todo lo que se diga sobre los Weinstein es cierto. Son dos monstruos». Incluso cuando hacían deporte, la tensión era insoportable. Bob despidió a un empleado que dejó caer la pelota en un partido de softball (una especie de béisbol con bola blanda). La única discusión en la oficina era determinar cuál de los dos era peor. Y sin embargo, es notorio otro consenso entre el personal: «La gente detesta trabajar allí, pero ama lo que Miramax representa, ama la magia que los Weinstein han creado en el mundo del cine. Es una sensación adictiva y embriagadora; por eso siempre se encontraba una manera de hacer la vista gorda, de pasar por alto lo que hacían y de olvidar a los que caían en el camino». El cine indie no es lugar para débiles.

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