junio 15, 2008

Los lenguajes subyacentes de Brad Bird



Los Increíbles es una película de dibujos animados no tanto hecha para niños. Su casa productora, ( Walt Disney Studios), la lanza al mercado en tiempos donde la histeria política ha alcanzado su máximo punto de ebullición. Los republicanos han ganado las elecciones y necesitan reforzar sus argumentos en el plano ideológico; convencer a sus electores y al resto de la opinion pública de que su uso de la ley del más fuerte es perfectamente justificable. El Increible-papá combate en la selva, combate en la ciudad, combate en el espacio y combate en un plano más simbólico también, como el de sus propios dilemas ético-económicos, por ejemplo.

La guerra, pues, se transfiere al terreno de los lenguajes subyacentes y se libra en la mente de millones de cabecitas infantiles: las de todos aquellos niños inocentes que acuden al teatro cada día.

Si en Irak tropas de soldados se matan entre sí, aquí, en el propio Estados Unidos la lucha de siginificados no es menos sanguinaria. Ya lo habíamos presenciado con Farengheitt 911 de Michael Moore. Una vez divulgado su lastimero documental, salen al paso una serie de películas mainstream ( muchas de ellas documentales) para catapultar los valores de una cúpula guvernamental completamente vietnamizada. Estamos, entonces, ante una nueva dialéctica de lógicas en la historia del entretenimiento. Por primera vez, las multitudes responden al llamado de la cinematografía anti-sistema, tanto como han respondido siempre a las convencionales y esquemáticas cintas de propaganda yanqui .

Quedaría por contemplar un atenuante: ninguna escuela de cine en el mundo, tiene el poder industrializante de la politizada HOLLYWOOD.

Los Increibles (Bard Bird) cuenta la historia de una típica familia nuclear, que trabaja, va al colegio y pelea a la hora del desayuno como cualquier grupo familiar en los Estados Unidos, conformado por Papá-héroe, Mamá-héroe, Hijo-héroe e Hija-héroe; el mensaje tiene que quedar muy claro para esos millones de familias que consumen desprevenidamente las películas de Walt Disney: en esta sociedad cualquiera puede ser un superhéroe; en esta sociedad todos tenemos que ser superhéroes.

Los dramas de Los Increibles, pues, son los mismos dramas cotidianos de una sociedad supradesarrollada en tiempos de la Familia Picapiedra: jefes tiránizados en los puestos de trabajo, madres amorosas y cuidanderas de su roll como amas de casa; papás al borde de la desesperación.

En este orden de ideas, uno se pregunta: si Los Increíbles son una familia ordinaria de clase media, a cuyos miembros les toca defender el mundo de los villanos… por qué la familia del presidente de la nación no puede hacerlo en la vida real?

Hay que recordar que el papá-superhéroe es engañado por un antiguo admirador suyo, aspirante frustrado a superhéroe, y devenido muchos años después a villano.

Osama?

Estamos recreando aquí la antítesis a ciertos postulados de Moore en su Farengheitt 911?

Hace parte, esta Los Increíbles, de una extensa campaña de promoción cultural?

O simplemente nace como contraposición a la corrosiva crítica formulada por los realizadores de South Park en su TEAM AMERICA, La Policía del Mundo?

Una vez más, el cine se revuelca en sus cimientos como un palacio aún no conquistado por la parafernalia conservadora de los norteaméricanos.

La suerte está echada a favor de los derechistas, en las urnas, en las escuelas, en la mayoría de los periódicos occidentales y en la totalidad de los canales de television de la unión americana ( a excepción del consábido Sundance Channel del valiente, pero no superhéroe, Robert Redford).

La guerra continúa.

Mientras tanto, las masas enfebrecidas vitorean películas como Los Increibles, en los teatros de Nueva York. Los cine-clubes pierden el tiempo y hacen el rídiculo con ciclos irrelevantes. Arafat muere en París. Bien por los gringos. La salsa sólo pega con las hamburguesas y con los hot-dogs, y el reggaetón es el camino.

Yo hago lo mío. Trato de tener puntería.

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