junio 14, 2008

Las Invasiones Bárbaras

(ó el triunfo del superhombre)



Las Invasiones Bárbaras es quizá la primera película importante del siglo XXI.


 A través de un guión lleno de imperfecciones dramáticas, el canadiense Rémy Girard hace una extrapolación estética de ese medieval miedo contemporáneo al triunfo de la barbarie. 


Historia de clase media ultra civilizada que aún cree en el intercambio de ideas como forma de solucionar los problemas. 


Historia, en todo caso, para nada políticamente correcta. Se trata de las peripecias de un grupo de intelectuales, arribistas, voceros de ese reducidísimo mundo occidental lleno de líos imaginarios como el stress, el bisexualismo, la xenofobia, el apartheid, la alienación y demás construcciones simbólicas del universo progre. 


En términos francos, LIB es la película por excelencia de la paranoia del primer mundo ante el invasor. 

De todos modos, LIB esboza un mapa de costumbres sociales muy ilustrativas donde se nos muestra el fin de la utopía humanista. 


Como ejemplo, tenemos aquella escena en la que un grupo de hypsters se sientan a cenar, y a filosofar, mientras sus hijos, una yonki y un yupi, no tienen nada que aportar.


 Este grupo de exilados del siglo de las luces hablan y hablan mientras vemos las caras desconcertadas de las nuevas generaciones sin nada que decir.


 Es allí donde radica la importancia de una hipótesis. En ese silencio catacumbesco de sus herederos; en esa falta de interlocutor ante monólogos tan contundentes como la del nihilismo de la postmodernidad (ella) y la de la codicia corporativa (él). 

Se han acabado las grandes conversaciones. Muere la revolución francesa, los derechos humanos son cosa del pasado. 


La ilustración. Es lo que definitivamente nos quiere plantear la película. Esa capacidad del hombre moderno, de sentarse con una botella de vino y un buen porro a hablar mierda, ha sido relegada por el autismo consumista de la postmodernidad o ha quedado vaciada de contenidos, efecto esta nueva fábrica de imbéciles que se ha encargado de producir la cultura de masas.

Se han creado, pues, las condiciones necesarias para que el terrorismo haga su entrada y no hay nada que podamos hacer para evitarlo. 


Tal vez por eso el personaje central reitere las razones por la cuales vale la pena vivir: para dejar un legado; el arte, la literatura, el amor libre, la buena cocina, en fin, los placeres exquisitos en general, que en un momento dado podrían volver a salvarnos del oscurantismo.

Ahora, abril del 2007 d.c., la estrellada de un boeing en la barriga de las Torres Gemelas, las cárceles de Guantánamo, la decadencia de O.N.U., la tragedia de Irak, Bush, Chávez, Uribe, los movimientos demográficos y el debilitamiento de los estados ante el imperio empresarial, vienen marcando el inicio de unas nuevas invasiones bárbaras donde el diálogo de las armas va a ser el argumento definitivo ante cualquier negociación. 

Lo extraño de todo esto es que Denys Arcand, su director, no hace alusión a la religión, tal vez porque, en el fondo, intuye y comparte el triunfo del superhombre. Esa demoledora proclividad a la negligencia y al egocentrismo humanos.

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