junio 05, 2008

Joy Division memorable

Hay dos escenas claves en esta cinta. En la primera nos muestran el Plano General Largo de una calle; Ian Curtis de 23 años y Debbie, su mujer, vienen caminando en dirección a la cámara; él con una guitarra en la mano; ella cargada de preocupaciones (es la que sostiene económicamente a la naciente Joy Division y también al hogar conformado con Curtis; del mismo modo, ella es la que viene sosteniendo emocionalmente su relación de padres neófitos con su recién nacida bebita).

El contexto es ese Manchester provincial que vio nacer al microchip; vemos montañas desenfocadas al fondo y casas casi pueblerinas a los lados, la modernidad está representada con algunos autos estacionados en la vera. Él le dice a ella que puede acostarse con otros hombres, que ya la ha dejado de querer. Ella se adelanta hacia la cámara y se viene llorando; él se rezaga y también llora, pero más angustiado. Entonces entra la banda sonora y empieza a sonar la canción El amor nos hará romper (Love will tear us apart).

La otra escena clave tiene que ver con ese momento en que Joy Division ha llegado al umbral del éxito y la gente los vitorea en su ciudad natal; la banda ha empezado a tocar; el auditorio está lleno de punks cabezas rapadas con chaquetas de cuero; Ian Curtis está tras bambalinas y debe salir al escenario. No estamos hablando de un músico decadente ni nada por el estilo; no estamos hablando de un vicioso Johny Cash adicto a las anfetas ni de algún Jim Morrison que termina siendo más payaso que sus propios fans. Estamos hablando de un niño bien que se viste con camisas de cuello almidonado. Estamos hablando de una película para jovencitos del realismo social más puro y más digno de la Gran Bretaña. Pobres pero ingleses. La historia de un pepo por asimilación. Un muchacho que pasa de tomar anfetas por diversión a tomarlas por obligación. Uno cuyo único pecado es verse doblegado por la carga social que implica la institución familiar. Y ahí está. Ian Curtis con su epilepsia. El manager de la banda se ha curado en salud contratándole un remplazo. Curtis es suplantado en el escenario; los punkies silban, lanzan tomates, quieren al inocente Curtis, al niño de familia, al que se mete la camisa por dentro, al líder que, inspirado por Sex Pistols, monta la primera banda que saludó con un sonido nuevo a los años 80's; la banda que cimienta las bases de New Order y por consiguiente de la música tecno; la banda que echa la última palada de tierra en la tumba del movimiento hippy. Es el apoteosis: Curtis está de vuelta, empieza a tararear Disorder y los fans enloquecen.

Luego de eso, lo que vemos en esta película es un pliego de cargos contra el Ian Curtis-padre y otro contra el Ian Curtis-esposo y otro contra el Ian Curtis-amante. De sobra, en el guión se ve la mano de Debora, su ex-esposa quien hizo la co-producción de CONTROL. Todo un manifiesto feminista de cómo los hombres no saben amar porque son unos niños que nunca crecen.

Al final, lo que nos llevamos a casa es una excelente obra de arte, mitad documental mitad documento histórico. La pieza del rompecabezas que nos faltaba para armar el paisaje Manchester Sound. El poder de la música se siente a lo largo de las dos horas: ver Control es como asistir a un concierto de ellos, (hay que ver la cinta en un teatro, ya sea propio o ajeno) Sí, CONTROL es una comedia también; te hace reír todo el tiempo, porque te demuestra que detrás de algo realmente hermoso siempre se esconde algo realmente monstruoso. La escala de grises en su paleta no podría ser más apropiada, pues los personajes siempre están bebiendo o fumando o metiendo pastillas. Es Inglaterra, señores, y siempre hace frío, y siempre el día está gris aunque haya sol, y siempre las industrias están arrojando humo negro por sus chimeneas.

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