junio 19, 2008

“Conque agarrando pueblo, hijueputas!”



Así, con esta frase, termina la obra maestra de Carlos Mayolo, filmada en la esplendorosa década de los 70’s. La recomiendo sagradamente aquí. Se trata de un retrato fidedigno al fenómeno de la porno-miseria occidental. Eran felices las gentes del primer mundo viniendo a documentar la pobreza latinoamericana, (pero no la pobreza de bolsillo; me refiero a esa otra pobreza: la pobreza mental, la pobreza del espíritu que nos dejaron los conquistadores católicos) a estudiarnos como si fuéramos bichos raros y tal parece que, aún hoy, ese vicio no se les ha quitado.

Lo mismo nos deberíamos repetir a nosotros mismos en las décadas subsiguientes y, especialmente, en este comienzo de siglo: ¡CONQUE AGARRRANDO PUEBLO, HIJUEPUTAS!

Bajo el pretexto gringo de lo culto-popular, nos hemos abocado a seguir el modelo norteamericano (¿quién no?) de ensalzar la ramplonería colombiana como si fuera un artículo de orgullo. Pero, ojo! A excepción de los dialectos callejeros, no hay nada inteligente ni elaborado en las tradiciones criollas. Antes de vitorear ciegamente el burletero espectáculo de los actualmente tan de moda comediantes criollos, me permito poner de manifiesto que hay grandes diferencias abismales entre la cultura popular norteamericana y la cultura popular colombiana, (como para que nos pongamos a copiar procedimientos de encaminamiento cultural).

El american way of life, tal como se entiende, mediáticamente hablando, está más emparentado con lo hipster y es un producto comercial menos espontáneo de lo que uno piensa. De hecho, eso que se conoce como american style nace como necesidad política. Así como cada nueva tecnología necesita una nueva guerra, la oligarquía progresista necesitaba una herramienta ideológica que supliera las necesidades conceptuales de su nuevo lugar en el concierto internacional. Léase una nueva voz para una vieja creencia; un mensaje para un nuevo medio. De este modo, la cultura popular es proyecto antes que propaganda. No fue que los gringos dijeron, ay, vamos a tomar lo que está en el aire y reproduzcámoslo en el cine y en la televisión. No. Antes fueron las cámaras. Así, la cultura popular de este país viene de un proceso de re-ingienería estrictamente diseñado para ciertos fines económicos. Es un producto más de esa gran empresa llamada “La democracia de masas”; Logro y logos de un apetito comercial bastante sofisticado. Símbolo del empuje corporativo de los anglosajones: las grandes gestas públicas y privadas entendieron que había que abonar el camino para una nueva era de remesones científicos y, por tanto, cosmogónicos. Había un grupo de avanzada, acá, y ellos entendieron que había que preparar al mundo de una manera especial. Una nueva forma de pensar que trascendiera lo doméstico pero sin abandonar lo popular. Un nuevo paradigma que ensalzara las bondades espirituales de la lógica cristiana en tiempos de paganismo fundacional.

Por el contrario, la cultura popular colombiana corresponde más a un orden de fuerzas cataclísmicas cuyos parámetros no tienen nada que ver con los planteamientos de un ciclo cósmico superior. Y es que parafraseando a Vallejo: “esa mezclita de español, indio y negro” no daba para más. Es tan enclenque la cultura popular colombiana (y tan raquítica psíquicamente hablando) que no hay mucha tela que cortar. Loables son los esfuerzos de la oficialidad criolla por aglutinar una evanescente identidad nacional; pero preciso es advertir que el espíritu alentador de un pasado común es sustancia antropológica inaplicable a los tiempos que se avecinan; poema que se podría despachar fácilmente en tres renglones.

Y es que la producción cultural de espectáculos colombianos se limita al mapa lingüístico del quehacer artesanal y al incesante maretaje de mafiosos y comediantes imitadores de voces.

Nada para exportar, señores. Mientras nuestras mentes colombianas sigan sepultadas bajo las ramas de la zona rural simbólica, sólo nos quedará decir: “Con que agarrando pueblo, hijueputas!”.

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